90º aniversacio de la formación de las Brigadas Internacionales

 

 

El 22 de octubre de 1936 Largo Caballero, Jefe de Gobierno de la República española, dio su conformidad a la formación de las Brigadas Internacionales. En este texto, extraído del 1º capitulo del libro Las Brigadas Internacionales mes a mes, se explica el complejo proceso que dio lugar al comienzo de esta experiencia, única en la historia por su dimensión, de solidaridad internacional y cooperación de los pueblos del mundo en su lucha por la libertad y en su  búsqueda de un mundo mejor.

Despúes, a continuación, publicamos un escrito de John Cornford, estudiante y poeta británico que murió en los combates de Lopera un día después de cumplir los 21 años. El texto está publicado por José Ángel Mañas en Zenda.

La formación de las BI

Desde que estalló el golpe de estado fascista en julio, centenares de voluntarios, sobre todo europeos, quisieron venir a luchar a España para sostener la lucha del pueblo español contra los militares fascistas. Muchos que ansiaban venir no podían hacerlo por falta de medios, lo que llevó a los responsables comunistas de Francia, España, Italia y Alemania a canalizar ese clamor solidario hacía mediante una gran organización logística (recluta, viajes, armas, instrucción militar) y un gran esfuerzo financiero. El objetivo era crear unidades internacionales que lucharan disciplinadamente al servicio del pueblo y el Gobierno español.

 El 18 de septiembre se reunió el Presidium de la Internacional Comunista para tratar este tema. Para entonces la Unión Soviética ya había decidido, a pesar de haber firmado en agosto el Pacto de no Intervención, ayudar militarmente a la República. ¿Por qué? La República estaba perdiendo terreno y la guerra gracias a la creciente y descarada ayuda militar a los golpistas de Alemania e Italia (que también habían firmado el Tratado). La Unión Soviética denunció todo esto, pero el Comité de no-Intervención no tomó las medidas pertinentes.

Una de las resoluciones adoptadas en la reunión del 18 de septiembre fue la de “proceder al reclutamiento, entre los obreros de todos los países, de voluntarios que tengan experiencia militar con miras a enviarlos a España”. Los Partidos Comunistas se involucraron rápidamente en ese proceso que, en realidad, ya venía preparándose desde finales de agosto en París. Para entonces ya se habían mantenido conversaciones entre esos dirigentes internacionales y los dirigentes socialistas en España, siendo Prieto más inclinado que Largo Caballero a aceptar esa ayuda. El principal papel, pues, de la Internacional Comunista fue canalizar y estimular un fenómeno de masas que se había venido produciendo espontáneamente en numerosos sectores sociales.

Uno de los protagonistas de este proyecto es Luigi Longo. En su libro Las Brigadas Internacionales en España así lo cuenta:

“A finales de septiembre regreso momentáneamente a Francia. Tengo un encargo preciso de los camaradas españoles para acelerar e intensificar el envío de nuevos voluntarios. Me entero por los camaradas italianos y franceses que todas las organizaciones de ayuda a España, por iniciativa de los dirigentes del Partido Comunista, han tomado la decisión de reforzar su acción de solidaridad con los combatientes republicanos y de proceder en gran escala al reclutamiento de voluntarios. Se constituye un comité especial con ese fin, bajo la dirección del camarada Allard (Giulio Cerretti). Lo mismo se hace en otros países. Las rganizaciones francesas se proponen ayudar a los voluntarios de todas las nacionalidades que pasen por el territorio de la República Francesa camino de España. Con este propósito se han formado ya dos bases: una en Marsella, para el transporte por mar, otra en Perpiñán, para el tránsito terrestre”.

La oficina central de alistamiento se instaló en la calle Lafayette, en París, donde trabajaron Josip Broz (Tito) y otros dirigentes comunistas. El asesor militar era el polaco Karol Swierczewski (“general Walter”, su alias en España). Luego se establecieron diversos centros de acogida en locales sindicales situados en la Avenida de Mathurin-Moreau, en la Cité de Paradis, en la calle de Grange-aux belles y en otros. Según Andreu Castells había en toda Francia más de 50 oficinas de recluta diseminadas por las principales ciudades a donde acudían los voluntarios, principalmente franceses. Marsella era la ciudad de referencia para los voluntarios que venían por mar desde países del Este, pero París lo fue para la gran mayoría. De allí salían los trenes (en menor medida autobuses) cargados de voluntarios. “El tren 77, que salía por la noche de París y llegaba por la mañana a Perpiñán, era conocido como el tren de los voluntarios” (Castells). La principal estación de embarque fue la de Austerlitz, lo que explica que, en el 80 aniversario de su creación, se erigiera allí un monumento a las BI.

“Desde hace algunos días, prosigue Longo, el reclutamiento de voluntarios ha comenzado en todas las secciones del Partido Comunista Francés y de las organizaciones sindicales y democráticas. Cada noche salen de París grupos de 30 o 40 voluntarios con dirección a los Pirineos… Con su gesto, los voluntarios de los países fascistas, y sobre todo los italianos y alemanes, se proponen delante del pueblo español y de los demócratas de todo el mundo, lavar la vergüenza de sus propios países que Mussolini y Hitler dominan con su política brutal de agresión. Estrechamente unidos por un solo sentimiento y una sola voluntad, los voluntarios de los países democráticos y de los países fascistas, llevan al frente popular español la simpatía y la solidaridad activa del frente popular mundial, que nadie ha declarado, que nadie ha constituido formalmente, pero que se revela de hecho como una realidad efectiva y operante…”

A principios de octubre, Luigi Longo regresó a Madrid para conversar con los responsables del PCE y del Socorro Rojo Internacional a fin de recabar ayudas para la recepción e instalación de los voluntarios que estaban llegando a Perpiñán y Marsella. Ya en Albacete, Longo trató de preparar, en conjunción con las autoridades militares y con la ayuda del Partido Comunista, los edificios que albergarían los primeros grupos de voluntarios. Efectivamente, el 12 de octubre ya había en Figueras 700 voluntarios a punto de salir en tren y en Marsella 800 voluntarios habían embarcado en el barco Ciudad de Barcelona rumbo a Alicante. Ambos grupos llegarían a Albacete en la  noche del 13 al 14. Este mismo día, por la tarde, desfilaron por las calles de Albacete cantando la Marsellesa, la Internacional y el himno de Riego ante un público perplejo pero entusiasmado.

El 17 de octubre fue a Madrid una delegación de los voluntarios presidida por Luigi Longo junto con el polaco Stephan Wisniewsky y el francés Pierre Rebière. Tras informar a Azaña de los planes en marcha, visitaron a Largo Caballero para exponerle los objetivos de su proyecto de formación de unidades internacionales: “Nos ponemos a disposición del Gobierno republicano y a las órdenes de su Estado Mayor. para combatir contra los generales rebeldes y el fascismo español e internacional. Precisamos que estamos respaldados por hombres de todas las nacionalidades y de todas las opiniones políticas, pero de acuerdo todos en no haber bandería en España por ninguna de nuestras ideologías particulares, sino únicamente por la causa republicana y antifascista que nos une”.

 El Presidente de Gobierno, a pesar de sus prevenciones, dio su conformidad y el decreto oficial para la creación de las BI se publicó el 22 de octubre. Los responsables tenían que ponerse de acuerdo con Martínez Barrios, quien presidía el comité para la organización del nuevo Ejército republicano, a fin de perfilar los aspectos prácticos de su puesta en marcha.

El mando de la base de Albacete quedó, desde el día 21 de octubre en que llegó a esta ciudad, en manos de André Marty, diputado comunista francés y uno de los secretarios de la Comintern. Vital Gayman, también francés, se convirtió en jefe de Estado Mayor de la Base. Ambos se encargaron de ir creando una mínima organización a partir del caos inicial. La situación era precaria: un cuartel de la Guardia Civil, un Colegio de Monjas y una casona tenía que albergar tal ingente multitud. No solo faltaban locales, también letrinas, cocinas, instrumental y armas para la instrucción. El desborde inicial podía aumentar con la llegada anunciada de nuevos grupos (dos o tres por semana en los primeros meses). Todos esos inconvenientes tuvieron que irse solucionando con esfuerzos ímprobos y con el gran espíritu solidario que les había empujado a llegar a España.

“Durante los quince primeros días, escribió Gayman en un Informe posterior, estos hombres aceptaron sin rechistar acostarse sobre el cemento, sin colchones, sin jergón, sin nada para cubrirse. Aceptaron privarse de dinero, de tabaco, comer comidas irregulares e insuficientes, no recibir noticias de sus familias, sin periódicos, sin libros”.

Desde el principio se decidió aplicar el tipo de unidad militar que el Gobierno había fijado para las unidades básicas del nuevo Ejército de la República: la Brigada que, en un principio contaría con tres batallones; cada batallón tenía tres compañías de fusileros (125-150 cada una) y una de ametralladoras (con menor cantidad). Los primeros batallones (Edgar André, Comuna de París y Dombrowski) formaron, bajo el mando del general Kleber, la XI BI. Esta recibió, el 4 de noviembre, la orden del ministro de la Guerra de marchar a Madrid.

 

Martes, 20 de octubre de 1936: Habla el brigadista John Cornford

Nuestra historia, compañeros, es parecida a la vuestra. Somos afiliados al Partido Comunista británico y así lo dijimos en la oficina de reclutamiento de París, donde había veinte camaradas más, entre polacos, franceses e italianos. Y antes, en los andenes de la estación de Órsay, vimos decenas de trabajadores con gorro y macuto. Nos miraban con curiosidad, no hacía falta que saludasen con el puño en alto para que el corazón se nos calentase.

Pese a la diferencia de nacionalidad, lo que nos une es algo hermoso, cálido, moralmente superior, que hace que tanto yo como mis amigos Bernard Knox y John Sommerfield nos enorgullezcamos de poder combatir a vuestro lado. Cuando en París nos dieron los billetes, se nos repitió que fuéramos discretos y que, aunque coincidiésemos con otros voluntarios en el tren, no hiciésemos signos ostentosos de fraternidad.

El resto lo habéis vivido también: el viaje en barco desde Marsella y la recepción en Barcelona por parte del comité local que nos entrenó, pese a que en mi caso no hizo falta, pues ya estuve los meses de verano luchando con las milicias del POUM en Aragón. Allí coincidimos con los primeros italianos antifascistas: gente morena, locuaz, expresiva y risueña, que hacen lo mismo que nosotros, solo que menos lacónicamente.

Pese a las dificultades del idioma, intimamos con alguno en tren hasta Valencia. Y también expliqué a mis compañeros que esa especie de francés nasal que hablaban era catalán. ¿Que por qué vuelvo? me preguntáis. Pues porque cuando vine por mi cuenta en verano pude comprobar el nivel de desorganización en el frente, el mal armamento y la instrucción insuficiente.

Ya lo habéis visto: cuatro movimientos absurdos y casi nada de lo imprescindible: el manejo de las armas. Pronto entendí que el POUM, a diferencia de los anarquistas, carece casi por completo de armamento. En el frente me tocó un rifle Máuser proveniente de la Primera Guerra Mundial, con cartuchos mexicanos. Después comprobé en las trincheras el escaso número de enemigos; para mantenerlos a raya era necesario, apenas, un par de ametralladoras.

Eso me hizo pensar que si lograba juntar en Inglaterra un puñado de buenos hombres disciplinados podríamos mejorar las cosas. Y aquí me tenéis. Yo, compañeros, estoy orgulloso de haber llegado hasta Albacete desde mi Cambridge natal, demostrando que se puede romper con las raíces de clase y vivir plenamente entre proletarios luchando por la misma causa.

Dado el escaso nivel de preparación, pienso que los británicos formaremos un grupo que marcará diferencias. Por eso yo, un estudiante que trueca las aulas de Cambridge por la guerra, regreso con mis camaradas londinenses del Partido Comunista británico para reforzar y, a ser posible, dirigir el frente antifascista.

De entre todos, mis mejores amigos aquí son Bernard Knox, hombre de Cambridge como yo, y John Sommerfield, novelista proletario en ciernes, que es no solo el más alto del grupo, sino también el más leal que conozco. Ellos todavía no se creen que estemos aquí con brigadistas como vosotros, a punto de empuñar las armas contra los fascistas. ¡Muera Franco, compañeros!