En el 6º aniversario de la muerte de Virgilio Fernández del Real
Su mujer, Estela, que compartió su vida en los últimos años, nos ha remitido el artículo advirtiendo que hay un error en uno de los párrafos ya que en realidad, la decisión de convertir su casa en una Casa-Museo fue tomada por ambos 8 años después de la muerte de Giny, su primera esposa. El pasado 26 de diciembre Virgilio habría cumplido 107 años. Con ese motivo el escritor mexicano Federico Velio Ortega publicó este artículo que ofrece una extensa biografía de aquel joven practicante que ofreció sus servicios al batallón Dombrowski en las duras semanas de la Defensa de Madrid. Prosiguió con los voluntarios dombrowskianos hasta el final de la guerra y finalmente pudo pasar al exilio en México, donde terminó su larga y fecunda vida.
VIRGILIO FERNÁNDEZ DEL REAL: EL ÚLTIMO BRIGADISTA
Un espíritu crítico hasta el último suspiro
Hoy es una casa en donde a veces se celebran las fiestas de bodas o XV años, donde cada domingo hay música que va desde la clásica al bolero, donde se cantan lo mismo arias de ópera que se corea el último trago joséalfrediano. En esa casa confluían liberales y comunistas y en ella se hace la revolución con las ideas y la cultura para honrar el recuerdo de uno de sus forjadores: Virgilio Fernández del Real, que naciera un 26 de diciembre de 1918 y muriera el 17 de diciembre de 2019. Vivió con pasión e intensidad una centuria, desde su amada España republicana hasta dejar el último suspiro en una ciudad de liberales pero etiquetada como conservadora.
Virgilio Fernández del Real nació en Larache, el Marruecos español, el 26 de diciembre de 1918. Tenía seis años cuando su familia se mudó al pueblo de Cabra, provincia de Córdoba y en Sevilla estudió bachillerato y ahí hacía prácticas médicas.
El brigadista republicano
En 1934, su familia emigró a Madrid porque Virgilio iba a estudiar medicina. En eso estaba cuando el 18 de julio de 1936, y él trabajaba en el Hospital de la Princesa, estalló la guerra civil española. Virgilio tomó partido: se integró al servicio de sanidad del Ejército Republicano. No podía ser de otra manera: desde su adolescencia simpatizaba con las ideas comunistas.

Tuvo una actividad complementaria: fotografió la guerra. En 1935 había comprado una camarita de fotografía, que le costó cinco pesetas en una tienda de Madrid que se llamaba “Sepu” y que estaba en la Gran Vía. También compró una radio de galena.
En la guerra se integró al batallón Dabrowski, en la XIII Brigada. En 1938 huyó a Francia, donde pasó unos dos meses encerrado en el campo de concentración de Saint Cyprien, hasta que consiguió exiliarse junto con su familia a México.
El médico y la pintora
Con dinero prestado por el español Santiago Galas, quien tenía la mejor imprenta mexicana, se embarcaron en un navío estadounidense que se llamaba “Washington”. Llegaron a Nueva York, pero como el gobierno yanqui no les dio asilo, los embarcaron en el “Monterrey” rumbo a Veracruz, con escala en La Habana.
Del puerto jarocho se fue a la ciudad de México y ahí le tomó la palabra a Lázaro Cárdenas y se nacionalizó mexicano. Su padre se había quedado en España, su madre y su hermana regresaron a la península, él se quedó con su hermano Carlos en esa nueva patria de la que no tenía idea de su historia y muy vaga de su cultura.
Carlos Fernández del Real fue un abogado que estuvo del lado de la izquierda. Fue el defensor de personajes como Adolfo Gilly y Heberto Castillo y se distinguió como abogado laboral al lado de sindicatos combativos como el Mexicano de Electricistas, en la Volkswagen y el periódico La Jornada.
Trabajaba en un consultorio cuando conoció a la pintora canadiense Gene Byron, naturalizada estadounidense. Virgilio no recordaba si fue en 1942 o 1943. Ella vino a conocer la pintura mexicana y trabajó al lado de José Chávez Morado, Leopoldo Méndez y Alfredo Zalce.
Virgilio y Gene iniciaron su relación. Se fueron a vivir a Monterrey, donde él trabajaba como visitador de una empresa farmacéutica a la vez que estudiaba medicina en la Universidad de Nuevo León. En esa ciudad conocieron a Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros.
Monterrey no era ciudad que quería a comunistas y la pareja quiso salir de ahí. Tenían dos opciones: Oaxaca y Guanajuato. Eligieron la última porque ahí no había terremotos.
Ya habían estado en Guanajuato en 1954 y les había gustado la región, en especial el entonces vecino pueblo de Marfil. Cuando se mudaron, buscaron vivir ahí y compraron una parte de la Hacienda de Santa Ana a un italiano llamado Giorgio Belloli en 25 mil pesos. La vendió a mitad de precio porque sólo quería acabar de construir una nueva casa.
Por eso cuando llegaron en 1958 ya tenían dos primeros logros: casa nueva —la antigua hacienda— y haber conocido al también comunista pintor silaoense José Chávez Morado, quien se mudó a Guanajuato en 1958. Desde entonces, permaneció en México ejerciendo como doctor y director de la
Casa Museo Gene Byron.
Byron destacaba como pintora, actriz y locutora de radionovelas, pero optó por ir a un lugar acogedor con su pareja. En la ciudad de Guanajuato se integraron a la vida intelectual que giraba en torno a Chávez Morado. Su centro de encuentro era un pequeño hotel familiar que estaba en el Paseo de la Presa. Con ese referente habrían de hacer de la vieja hacienda un espacio para la cultura. En ella confluían personajes de la vida intelectual local, en especial los de ideas de izquierda.
Virgilio ejercía en Guanajuato como médico y se distinguía tanto por atender a la burguesía local —fue el pediatra de Juan Carlos Romero Hicks— como de manera solidaria a gente pobre, que pagaba consultas hasta con gallinas y por tener un convertible MG, que había comprado a un vecino en Monterrey. Ese auto le fue rentado por Federico “Pichirilo” Curiel para la película Las momias de Guanajuato. Es el auto en el que el Santo llega a la ciudad en la cinta.
Gene Byron —pintora, grabadora y diseñadora— era también promotora cultural. En Monterrey fundó Arte, A.C., un organismo para impulsar la creatividad artística y en Guanajuato hizo de la vieja hacienda —reconstruida por la pareja— un espacio para la cultura, donde estuvieron personajes como el mismo Chávez Morado y su esposa Olga Costa, el poeta republicano español Pedro Garfias —quien incluso vivió un tiempo ahí—, la actriz Josefina Echánove, el pintor estadounidense Fletcher Martin, el pintor regiomontano Gerardo Cantú, el filósofo comunista guanajuatense Ernesto Scheffler —y su hijo Carlos, sindicalista independiente y luchador universitario de izquierda—, entre muchos otros.
La canadiense murió el 19 de marzo de 1987, pero Virgilio siguió con el proyecto de Gene: la casa fue convertida en Museo el 20 de mayo de 1996. Ahí siguió la confluencia de intelectuales y escritores, entre quienes destaca Elena Poniatowska.
También fue espacio para la música, desde los clásicos a lo contemporáneo y lo popular, como lo es hasta la fecha. La casa siempre tuvo espíritu de revolución: Virgilio simpatizaba con el Partido Comunista Mexicano y luego con los partidos que le sucedieron: Socialista Unificado de México, Mexicano Socialista y de la Revolución Mexicana. Para 2014 era uno de los pocos brigadistas que sobrevivían. Entonces vio una esperanza para México: el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), pero siempre crítico, consideraba que Andrés Manuel López Obrador “está muy a mi derecha”.
Virgilio Fernández había vuelto a España en 1975, cuando el dictador Francisco Franco seguía con vida. Fue otra vez en 1978, con el generalísimo muerto y ahí permaneció por diez años. Realizó otra visita en 2014 y una más a finales del 2017. Durante su último viaje, el brigadista recibió la Medalla de la Libertad de la Federación de Foros por la Memoria y se reunió con importantes políticos de la izquierda española como el líder de Podemos, Pablo Iglesias, el líder de Izquierda Unida, Alberto Garzón o la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena. Su última visita fue en 2018, hasta que volvió a Guanajuato en abril.
En octubre del 2019, en el marco del Festival Internacional Cervantino, recibió de manos del embajador designado de Canadá en México, Graeme C. Clark, un reconocimiento por fomentar las relaciones culturales entre México y Canadá.
Arriba los pobres del mundo
Su segunda esposa, Estela Cordero, quien ha sido la directora del museo desde su fundación, narra así la partida del brigadista republicano español, el último que en ese momento quedaba:
“En su última noche, la del 17 de diciembre de 2019, puso mi mano entre las suyas. Yo estuve despierta hasta las 5:30 a.m., hora en que me venció el sueño, el frío y el cansancio (…). También estaba mi hermano Güero durmiendo a su lado. De repente mi hermano se despertó y sintió un olor intenso a flores. Miró a Virgilio y se asustó, y me despertó y me dijo llorando: «Estela, Virgilio ya no respira». Abracé a Virgilio y estaba muy calientito, pero ya no respiraba”.
Javier Bravo, historiador que se formó en la Unión Soviética, lo vistió con un traje color vino y la camiseta de la bandera republicana de España, que usaba para salir y mostrar su pasado de brigadista.
Una parte de sus cenizas fueron llevadas a España, donde recibieron homenajes en Morata de Tajuña, Caspe y Cabra. La otra parte se quedó en Marfil, en esa hacienda de la jauja minera virreinal, donde resuena La Internacional:
Arriba los pobres del mundo
en pie los esclavos sin pan
alcémonos todos al grito
¡Viva la Internacional!
