El Batallón Garibaldi en la batalla de Guadalajara

El 8 de marzo -Día de la Mujer trabajadora- es también la fecha de inicio de la ofensiva fascista en Guadalajara. Ese día el Cuerpo de Tropas Voluntarias (compuesto por cuatro Divisiones italianas), junto con una División española mandada por el general Moscaró, rompió el frente por la zona de Algora (km 112 de la carretera de Zaragoza (N-2) y avanzó con fuerza en dirección a Madrid con la pretensión de tomar la capital.

Tuvieron éxito el primer día y llegaron hasta el km 83. Pero ese mismo día el mando republicano ordenó el envío de tropas para frenar el avance. Entre esas tropas, las primeras en llegar fueron los tres batallones de la XI BI (Edgar André, Thälmann y Comuna de París), que rápidamente frenaron a las unidades italianas y ralentizaron su avance. Dedicamos hace años un artículo dedicado a explicar esta acción heroica, que pronto fue reforzada por otras unidades españolas, entre otras las Divisiones 11, 12 y 14. 

Los fascistas italianos también habían tomado Brihuega e intentaron avanzar hacia Torija para allí confluir con el resto de las fuerzas. Fue en esta carretera de Brihuega a Torija donde los fascistas italianos se encontraron con las fuerzas de la XII BI (batallones Garibaldi, Dombrowski y André Marty). Fueron frenados a la altura del palacio de Don Luis (km 9) y posteriormente los batallones iniciaron un contraataque que permitió echarlos del palacio de Ibarra y llegar hasta Brihuega. Todas esta fuerzas, y las españolas que luchaban a ambos lados de la XII BI (División 11 de Líster y 14 de Mera), cooperaron en este éxito. Pero en este artículo queremos presentar un testimonio especial: el de Giovanni Pesce, Jefe de la Compañía de Ametralladoras del Garibaldi. Es un testimonio de gran importancia para entender las claves de aquella gran victoria republicana, entre las cuales hay que señalar el alto espíritu de lucha de los voluntarios internacionales, que dieron todo lo mejor de sí al enfrentar y derrotar a las huestes de Mussolini.

Este testimonio está sacado del libro de Pesce, Un Garibaldino es España, editado en 2012 por el Centro de Lingüística Aplicada Atenea.

Desarrollo de la batalla de Guadalajara (Wikipedia)

Es la tarde del martes 9 de marzo de 1937. Mientras esperamos el rancho, circula la noticia entre los garibaldinos de que el Batallón Garibaldi debe presentarse enseguida en el frente de Madrid. Cada uno dice una cosa: se habla del frente de la Casa del Campo; de una posible vuelta al Jarama, del frente de Aragón. Muchos pensamos en Guadalajara. Los más, de hecho, han leído un comunicado publicado por los periódicos: Dal 7 marzo truppe italiane potentemente armate di tanks, artiglieria, aviazione e armi moderne cercano di sfondare il fronte attraverso Brihuega e Guadalajara per marciare su Madrid. 

Es la cuarta vez que Franco y los fascistas intentan rodear Madrid; la cuarta vez desde que, hace nueve meses, comenzó la agresión contra el pueblo español y el Gobierno legítimo.

Es la tarde del 9 de marzo y el mando acaba de ordenarnos que estemos preparados para partir. Cada uno prepara sus cosas: organiza su equipaje; revisa las armas. Gracias a una camarada, al principio susurrando desordenados, más tarde con fuerza y orden, se alzan las notas de Bandiera Rossa. Son los de la 3ª Compañía. Ahora cantan todos. Es como una fiebre que ha contagiado a los hombres y yo siento como un escalofrío, un escalofrío que me deja un buen sabor de boca. Estamos alegres, contentos. Aunque no sabemos todavía oficialmente el nuevo destino, comprendemos la importancia del cometido que el Estado Mayor ha confiado a nuestro batallón.

Ya entrada la noche llega la orden de dejar El Pardo. En el patio hay una larga fila de camiones. Faleschini, que manda el destacamento de ametralladoras, acuerda la asignación del vehículo para nuestra unidad. Ahora los camiones avanzan velozmente en la oscuridad que nos envuelve, mientras los faros dirigen sus luces para examinar la carretera. Hace un frío infernal, un viento cambiante que sopla a ráfagas. Tomat, el jefe de ametralladoras, se ha aprovisionado llenando la cantimplora de coñac. Cerbai y Storai, los dos inseparables, están acurrucados al fondo del camión.

Mallozzi, tras haber bebido un sorbo de coñac, canta con ese acento romanesco que tanto gusta. También aquí, como hace un momento en el cuartel, todos cantan: ¿Quién tiene frío ahora? Estamos viajando desde hace dos horas y empieza a llover: rayos y truenos que aturden, que a veces hacen pensar en un combate de artillería a lo lejos. Ahora sabemos que a nuestro batallón se le asignará la parte de Brihuega desde donde tendremos que defender la zona de la invasión de los fascistas.

Hemos viajado toda la noche por la carretera de Guadalajara. Los camiones se paran a pocos kilómetros de Brihuega. Son casi las diez y estamos calados hasta los huesos. Entramos en el palacio de Don Luis a pocos metros de la carretera. Pasando bajo los árboles notamos cómo nos caen encima las gotas que se deslizan de las hojas brillantes. Un campesino, delante de la casa, nos enseña un panfleto lanzado sobre Madrid: Il comando delle colonne di legionari avverte i miliziani difensori di Madrid che le truppe oggi in azione lungo la rotabile di Francia sono le stesse di aga, ma sei vo te piu numerose.

Descaradamente los fascistas anuncian así la intervención clara de las tropas italianas, de la milicia contra el pueblo español. Alguien, poniendo la mano sobre la mano del campesino, le dice: «Mussolini no es Italia, Italia somos nosotros, los garibaldinos». Nos damos cuenta de que el éxito de la batalla depende en gran medida del comportamiento de los garibaldinos. Se habla de tres, cuatro divisiones italianas provistas de armas modernas, carros de combate, artillería, morteros y aviones.

La situación es grave y no vemos cómo conjurar el peligro de la ofensiva fascista con la fuerza exigua de que disponemos en el sector del frente. Barontini sabe que muchos garibaldinos piensan en esta disparidad de equipamiento y de número. «Nosotros tenemos que derrotar al Ejército fascista, dice Barontini hablando a los hombres. Recordad cómo en Italia nuestros camaradas afrontan con serenidad, valentía y abnegación el tribunal especial, la cárcel, el confinamiento, sin miedo, con orgullo y tesón. Vosotros debéis ser dignos de estos combatientes. Nuestra victoria será su victoria; será la victoria de la verdadera Italia, de la Italia que lucha y combate, que no se pliega ante la prepotencia, a la tiranía fascista».

Barontini termina sus breves palabras y enseguida se preocupa de que todo esté a punto: ordena a los comandantes de Compañía que estén junto a sus soldados.

Llega la orden de partida. La 2ª Compañía, la mía, se pone en marcha junto a la carretera que va hacia Brihuega. Delante de nosotros avanza el pelotón de asalto. A nuestra derecha camina la 3ª Compañía. A la altura del kilómetro 12, se nos acerca una ruidosa motocicleta. Conforme nos ve, el motorista da marcha atrás y se da a la fuga. Seguimos la marcha.

El campo está embarrado, lleno de charcos. Las ruedas de la pesada ametralladora se hunden casi hasta el eje. Es imposible arrastrarla; tenemos que llevarla al hombro. La orden es tajante: el arma no se desmonta; tiene que estar siempre preparada. Hacia nosotros avanzan unos soldados, justo de frente. Quizá son enemigos, quizá de los nuestros que se retiran.

Rosselli, el bielés, comisario de la Compañía, da la orden de acercarnos hasta Brihuega. Cuando vamos a reemprender la marcha, una furibunda ráfaga de ametralladora cae sobre nosotros. Estamos en terreno abierto y nos diseminamos tirándonos a tierra. Nadie habla: estamos en una situación absolutamente comprometida. Barontini, tranquilo, ordena a la 2ª y la 3ª Compañías que tomen posiciones. El cometido de la 2ª es conservar la carretera para impedir que los fascistas penetren: «Tenéis que defender un punto neurálgico y debéis conservarlo a toda costa», dice Barontini. Todos escuchamos las palabras del comandante: «En este momento, en este frente defendido por garibaldinos, se decide la suerte de Madrid».

Barontini, que ya ha dirigido la lucha clandestina contra los fascistas en Italia, se demuestra ahora como un comandante de primer orden en tierras de España. Recorre todas las posiciones; quiere comprobar en persona cómo cada compañía ha elegido la posición, cómo ha dispuesto las armas automáticas. Barontini aconseja, sugiere, lleva a todas partes su inestimable experiencia. Es perfectamente consciente de que el Ejército fascista tiene una gran superioridad en hombres y armas. La disposición del batallón y la elección de las líneas de defensa son, por tanto, de capital importancia. En esta línea, ante la carretera de Guadalajara, sólo está nuestro batallón: unos pocos cientos de hombres donde se necesitarían miles. Enfrente están los fascistas: veinte, treinta, cuarenta veces superiores en efectivos al Garibaldi. Sus tropas están frescas, provistas de artillería de todo calibre, carros de combate, aviones, armas automáticas, munición abundante y con la orden tajante de ocupar Madrid.

Los fascistas avanzan, esta vez tras los carros de combate que disparan, disparan. No entiendo cómo pueden llevar tantos proyectiles. La 2ª y 3ª Compañías, en el prado convertido en un pantano por la fría lluvia, están en campo abierto. Los hombres parecen matojos de yerba pisada tirados sobre la tierra blanda.

Otras tres Compañías están apostadas no muy lejos en el bosque de mi izquierda. La confusión que siguió a la primera ráfaga de los fascistas ha desaparecido; las unidades se han reorganizado, han tomado posiciones y esperan órdenes. Ordeno colocar la ametralladora. Tras la señal de Falceschini, las armas automáticas empiezan a tabletear y yo imagino los proyectiles calientes y susurrantes que surcan el prado y caen violentos sobre los enemigos que avanzan. Los fascistas se detienen, se tiran al suelo, buscan cobijo. Los blindados siguen avanzando y continúan disparando esos proyectiles que quién sabe dónde guardan. Ahora también dispara sobre nosotros la artillería enemiga. Los obuses explotan ante los tanques que avanzan protegidos por las explosiones.

Nuestras ametralladoras pesadas cruzan su fuego con el de los blindados ligeros y los monstruos oruga se paran. Algunos de los nuestros han sido heridos. Los veo aquí y allí encogidos o estirados en el agua en posturas absurdas. Los camilleros, sin hacer caso de los disparos que parecen desgarrar con su estela el aire frío y tenso, transportan figuras sangrantes. Excavamos una trinchera para protegernos y proteger la ametralladora. No conseguimos nada: a 40 centímetros encontramos una roca y las palas no pueden seguir. Nuestras ametralladoras siguen disparando mientras la única pieza anticarro a nuestra disposición es alcanzada y hecha añicos. Su comandante, Cesare Rovera, queda herido.

Los cañones, lejos, ante nosotros, no paran un momento y una tras otra las bombas, precedidas de un sonido estridente, explotan en el bosque de nuestra izquierda. Desde la carretera se distingue entre las explosiones, más fuerte por el estruendo, un jadear de motores: son dos motocicletas con las ametralladoras fijadas al manillar. No disparamos. Miro a los dos hombres que se acercan y me parece ver una escena sin sentido: hombres en motocicleta en un campo de batalla. Los dos, desde la carretera no nos ven, se paran a cien metros. Parece como si nos consultaran qué deben hacer. Los observo por la mira de la ametralladora. Los hombres pequeños, solos sobre el camino desierto, se confunden con la mira. Ahora los dos se dan cuenta de nuestra presencia. Dan rápidamente la vuelta a las máquinas para huir y yo aprieto el gatillo.

Llevamos aquí un día. Los fascistas se ensañan. Han traído otra columna acorazada hace pocas horas. Quieren a toda costa romper el frente. Una decena de tanques Fiat avanza por la carretera de Brihuega a Guadalajara para apoyar la ofensiva enemiga. No tenemos ni un solo cañón anticarro, pero debemos parar esas masas de hierro que llevan detrás a cientos de hombres. Los tanques avanzan y parece como si ante sus corazas se encendieran, para apagarse enseguida, centenares de velitas. Es como si el aire frío impidiera que aquellos breves fuegos se hiciesen más grandes.

Como a la caza de un mal extraño, nuestras ametralladoras pesadas empezaron a tabletear; a calmarse de repente, para retomar enseguida sus ridículos saltitos. Los proyectiles blindados se lanzan enloquecidos sobre las defensas de los carros que se frenan, huyen y vuelven después a avanzar apoyados por la artillería. Algunas ametralladoras enemigas, escondidas tras los muretes, abren fuego disparando largas ráfagas, permitiéndonos así localizar con precisión las posiciones y atacarlas con las balas de nuestras armas ligeras. Los garibaldinos parecen aferrados al terreno, clavados a sus ametralladoras; responden con calma y seguridad.

Los dos ejes principales del avance fascista se dirigen: uno sobre las posiciones de la 2ª y la 3ª Compañía, y el otro sobre las de la 4ª y la 1ª. Los fascistas se ensañan sobre todo con la carretera Brihuega-Guadalajara, defendida por la 3ª y la 4ª Compañías.

Las horas transcurren lentas. Los garibaldinos no ceden y el enemigo, ya vencido, no quiere resignarse a la derrota. Los franquistas avanzan por tramos protegidos por los tanques y los cañonazos. Ahora están cerca, los puedo ver. Están a unos 400 metros y avanzan cautelosos. Nuestros fusiles ametralladores vuelven a disparar, imitados enseguida por las ametralladoras pesadas. Atacados con una lluvia de proyectiles, los enemigos se tiran a tierra; intentan un nuevo avance pero el fuego cruzado de nuestras armas les hace desistir del intento. Cuál es nuestra sorpresa cuando vemos un coche Balilla que se dirige veloz hacia nuestras posiciones. Vanelli, Anzelini y Troiani dan la alarma; el coche está cerca. A cincuenta metros disparamos una ráfaga de ametralladora a las ruedas; el Balilla derrapa, acaba junto a nuestras líneas. No es necesario gritar «arriba las manos». Son tres, un sargento y dos soldados que bajan con las manos en alto implorando.

De nuevo empieza a llover y hace mucho frío. Tenemos las manos ateridas y los pies helados. Lo peor es estar tumbados en el barro en este agujero de 60 centímetros. Con la escudilla tenemos que vaciar continuamente el hoyo del agua que baja en arroyuelos hasta la base de las paredes. Falceschini refunfuña porque no hemos conseguido siquiera excavar una trinchera lo bastante profunda para resguardamos por lo menos del viento que sigue soplando helado y violento. Barontini corre de una compañía a otra: da órdenes, controla, alienta.

Los carros de combate que habían huido vuelven al ataque. Los fascistas no quieren resignarse con una derrota; creen todavía que pueden desorganizar nuestra defensa y abrirse así camino hacia Guadalajara. Mientras la batalla se hace más violenta que nunca, me noto preocupado, quizá tengo miedo aunque intento no demostrarlo. Falceschini ha entendido lo que siento; se acerca; me sustituye en la ametralladora; ordena a los otros que concentren el fuego. Los tanques italianos son fácilmente perforables. Bajo los disparos de los proyectiles reforzados, los blindados son rechazados por cuarta vez. Tras 48 horas seguidas de combate, acusando las marcas de las armas automáticas, de los cañones, de los carros de combate, sin haber tenido tiempo de comer nada, aferrados a la tierra, calados de pies a cabeza, ateridas las manos por un frío infernal, no estamos desmoralizados. La consigna de la gran Pasionaria, «¡No Pasarán!», corre de una a otra parte de la línea del Batallón Garibaldi, y cada vez que un tanque o la infantería intentan acercarse a nuestras líneas, el grito «no pasarán» se alza desde los garibaldinos.

Al ver como vanos los esfuerzos de romper las líneas defendidas por la 2ª y la 3ª compañías, los fascistas intentan pasar por nuestra izquierda, donde se encuentran la 4ª, la 5ª y la 1ª Compañías. Un grupo de fascistas consigue adentrarse detrás de nuestras líneas y ocupar el Palacio de Ibarra. Desde donde estamos oímos a nuestra izquierda el crepitar de las ametralladoras y las explosiones de las bombas. La 1ª Compañía contraataca para frenar la infiltración fascista.

La 5ª Compañía, trasladada con la misión de defender la carretera que lleva al Palacio de Ibarra, acaba de consolidarse en la nueva posición, cuando desde el bosque surge un pelotón fascista, con los fusiles al hombro, acompañado por un mayor y dos oficiales. Sin darse cuenta vienen hacia nuestra trinchera.
Escondidos tras los árboles, no les quitamos ojo. El instinto es el de abrir fuego, pero comprendemos que
tenemos delante a otros italianos, italianos engañados por la demagogia fascista. La orden es evitar víctimas inútiles. Emplazamos los fusiles ametralladores. Cuando los fascistas están a pocos metros gritamos: «¡Alto ahí! ¡Manos arriba! ¡Ametralladores preparados!»

El pelotón se para. Los soldados se han sorprendido. Miran alrededor con miedo. A lo lejos se oye el tiro del ametrallador. El oficial que manda el pelotón grita con firmeza: «No disparéis, somos italianos». No piensan que han caído en una trampa. Un garibaldino responde: «Nosotros también somos italianos».

El oficial se da cuenta e intenta la fuga, pero es demasiado tarde. Los demás levantan las manos y piden que no les disparemos. Los prisioneros son desarmados y llevados a la comandancia. Rosselli nos comunica el nombre del primer italiano caído, muerto por las balas italianas, disparadas por italianos, que el fascismo ha enviado contra el pueblo español. Algunos garibaldinos hechos prisioneros por los fascistas han sido atados a un árbol y muertos a puñaladas y con disparos de revólver por un oficial de la milicia.

Acabo de escuchar la noticia. Es de noche. Una patrulla encuentra los cuerpos de los nuestros. Los soldados fascistas del cónsul Bulgarelli, como bestias, se han ensañado con los prisioneros. Los cuerpos desfigurados de los tres héroes son enterrados junto a la comandancia. Un grupo de garibaldinos, Barontini entre ellos, rinden honores.

Estoy muy cansado, pero es imposible descansar. Aprovechamos la noche para excavar la trinchera. A pesar de nuestra buena voluntad no conseguimos pasar de los 70 centímetros. Los fascistas no deben sentirse muy seguros: de sus líneas salen cada poco ráfagas de ametralladora. De vez en cuando la voz de los megáfonos invita a los fascistas a desertar, a pasarse a las filas garibaldinas: «Soldados italianos: No disparéis contra vuestros hermanos; pedid volver a vuestras casas; pasaos a nuestras filas, seréis acogidos como hermanos.» La mayoría del Ejército fascista está compuesto por italianos engañados. Se había dicho que iban a ir a Abisinia. Son jóvenes sin porvenir ni perspectivas. Son obreros sin trabajo que pensaban encontrar un empleo en las «tierras del imperio».

De madrugada Barontini viene a hacer una inspección. Nos ordena estar en guardia. Mi destacamento se encuentra en el punto más comprometido de la formación del batallón: en la curva de la carretera de Brihuega que lleva a Guadalajara. La orden es estar siempre vigilantes. El sueño parece doblamos de golpe. Rosselli y Mallozzi, acompañados por el correo Ramanzini, vienen a las cuatro de la mañana a traemos un vino caliente que bebemos ávidamente.

Se hace de día. Los centinelas han sido retirados de las zonas descubiertas y montan la guardia en la trinchera. Es mi turno en la ametralladora y, desde el hoyo, veo acercarse dos grandes camiones por la carretera de Brihuega. Me mantengo mirando un momento. Estoy sólo. Parte de los hombres de la 2ª Compañía descansa. Doy la alarma mientras apunto la ametralladora hacia los vehículos. Tomat y Falceschini ordenan disparar. Los dos vehículos avanzan lentamente por la carretera hacia nuestra línea. Parece increíble que avancen sin estar precedidos por una patrulla, sin protección. “Les han prometido un paseo por Madrid”, dice Falceschini. Quizá quieren gozar del panorama.

Estoy un poco nervioso. Con las manos heladas agarro el arma ya dispuesta. Los garibaldinos están todos en su puesto. A pesar de haber estado toda la noche combatiendo no están cansados. Los dos camiones se encuentran ahora a unos pocos cientos de metros. Lanzo una ráfaga apuntando a las ruedas. Los vehículos hacen eses mientras un grupo de fusileros del primer destacamento también dispara. Los camiones se paran junto a la trinchera. Algunos enemigos levantan las manos en señal de rendición; otros intentan la huida. «Hay que matar a estos hijos de… «, grita un garibaldino. Mallozzi grita: «¡Disparad al aire!» Todos los fascistas se rinden. Nosotros conocemos a Mallozzi, este hombre alto y delgado que se ha enfrentado a un tribunal especial, los sufrimientos, las miserias y el hambre; este hombre que ha conocido las torturas del fascismo y que ahora dice: «No tenemos que olvidar que no hacemos la guerra al pueblo italiano». Su grito detiene a los garibaldinos. Es cierto que hay aventureros, fascistas, pero la mayoría de los soldados que están delante nuestro está compuesta por hombres engañados.

En los camiones están las provisiones para las divisiones fascistas. Por error los conductores han venido por la carretera que conduce a nuestras líneas. En las sacas hay varios paquetes enviados desde Italia, naturalmente para los oficiales. No faltan las fotografías de Mussolini o del rey. Encontramos los habituales panfletos y periódicos fascistas.

…Es casi mediodía. Estoy observando la carretera; me parece vislumbrar algo; otros también lo ven: son otros dos vehículos que se acercan:

-Están perdiendo los estribos, exclama un garibaldino.

-Esperemos que haya toscani.

Estamos hábilmente escondidos en las trincheras. El bosque donde los fascistas creen que estamos atrincherados está a unos 300 metros. ¿Piensan quizá que desde sus trincheras hasta el bosque tan sólo hay tierra de nadie? Cerbai se pone a la ametralladora; querría abrir fuego.

-Calma, dice Mallozzi, dejemos que se acerquen.

De repente los camiones se detienen; enseguida vuelven a avanzar. Sin parar el motor, los soldados con el casco bajan del primer camión. Llevan largos abrigos verde grisáceo, están armados con fusiles y armas automáticas. Nos llegan algunas palabras incomprensibles. Parece que los fascistas no saben qué hacer; están parados. Uno enciende un cigarro; hablan entre ellos. Avanzan todavía una decena de metros. Cogen una cadena y entendemos su maniobra: remolcar los dos vehículos que habían acabado en nuestras líneas. Los soldados se ponen manos a la obra. Un grupo vigila. Les oímos mascullar. Un soldado tira la colilla. Terminado el trabajo…

-¿Estás preparado?, pregunta Mallozzi.

-Sí, camarada.

Falceschini está junto a la otra metralleta. Mallozzi grita con su acento romanesco: «¡Rendíos!» Nosotros también gritamos: «¡Rendíos o disparamos!»

Algún soldado se tira a tierra y se esconde tras el camión. Otros intentan la huida. Las ráfagas de nuestras ametralladoras les convencen de rendirse. Los prisioneros imploran: «No nos fusiléis». Dos se ponen de rodillas, lloran, piden piedad.

-«No temáis, levantaos».

Es difícil hacerles comprender que no los consideramos enemigos. Sólo tras una larga explicación empiezan a fiarse; nos comprenden, comprenden que han sido engañados por sus oficiales. Ahora saben que nadie los va a fusilar y que sus oficiales mentían. Hace dos días y dos noches que no duermo, pero tengo que resistir, ahuyentar el sueño, el cansancio y el frío terrible que me atormenta más que el hambre.

Tomat insiste en que descanse, pero soy responsable de la ametralladora y siento esa responsabilidad en un punto estratégico de gran importancia. Se hace de noche y la nieve, que hasta ahora caía leve e inconsistente, cae ahora abundantemente. En pocas horas una gran capa de nieve cubrirá el campo de batalla.

Luigi enciende un toscano, el último. Aviones enemigos sobrevuelan nuestras líneas para bombardear la retaguardia. Las baterías franquistas disparan sobre Madrid. Falceschini viene a visitamos. Nos volvemos a ver después de dos días y dos noches de combates continuos bajo la lluvia, el frío, la nieve.

Me tumbo en la tienda. Siento un cansancio horrible: mis piernas se doblan; el deseo de dormir se hace mortificante. Falceschini me reprocha que no aproveche la tregua para descansar. Insisto e intento levantarme. Noto que me faltan las fuerzas. Lo intento de nuevo y lo mismo. Falceschini se da cuenta; me dice algunas palabras que no consigo entender. Al despertarme estoy cubierto de nieve.

El asalto del Palacio de Ibarra

Barontini convoca a cinco a garibaldinos, entre los cuales también estoy yo. La comandancia del Batallón Garibaldi está a unos 300 metros de las líneas, en una venta con grandes árboles alrededor. Cuando llegamos a la comandancia, los zapadores están excavando trincheras; Barontini, que habla por teléfono, nos saluda con un gesto; después nos da un vaso de anís.

-Esta tarde tenemos una misión importante, dice enseguida Barontini.

Se trata de acercarnos a las líneas enemigas para observar los movimientos de los fascistas. Son las veintitrés y quince; caminamos lentamente. A nuestro alrededor, oscuridad cerrada. Nos acercamos a las líneas enemigas. Estamos calados, llenos de barro. Me doy cuenta de que abrazo demasiado fuerte el fusil y noto el peso de las granadas colgando del cinturón. Tenemos que movernos a la izquierda y deslizarnos hacia el bosque para evitar caer en una trinchera enemiga. El susurro de la lluvia, el contenido arrastrarse de nuestros pies llenan el silencio del bosque. Mi corazón late, late rápido. La sangre fluye veloz: estoy aturdido.

Ahora nos deslizamos cuerpo a tierra. A lo lejos oímos el ruido de un camión. Casi hemos llegado: un esfuerzo más y estamos a la altura Brihuega. Algún fuego encendido hace bailar las sombras. Desde los ramos de un seto vemos el ir y venir de los vehículos: están llegando refuerzos. Hay columnas de hombres en movimiento; los caballos trasportan piezas de artillería. Estamos calados y el frío hace mella; se nos ha acabado el coñac. Junto a nosotros pasa ahora una patrulla. Estamos agazapados, el fusil sin el seguro. Algunos fascistas casi nos rozan. Oímos decir en perfecto italiano: «Hemos llegado a la base. Podremos calentarnos y descansar».

En el camino de vuelta el agua de los charcos nos salpica hasta la cara. Pasamos junto a un fascista de guardia. Está aterido. El cielo cubierto nos ha ayudado en la misión y a las cuatro estamos de vuelta a nuestras líneas. Le confirmamos a Barontini que otra columna motorizada ha entrado en acción con la misión de romper el frente defendido por las tropas republicanas.

Es el 13 de marzo: sábado. Acabamos de volver de la patrulla cuando las ametralladoras empiezan a disparar desde los dos frentes. Un viento infernal y helado azota todo el terreno. Tan sólo los fogonazos de las ametralladoras y los fusiles delatan nuestras posiciones y las de los enemigos.

También la artillería enemiga concentra los disparos: los fascistas preparan un ataque. Los obuses nos rozan y van enseguida a impactar a pocas decenas de metros a nuestras espaldas. Varias bombas no explotan. Oímos el habitual silbido y el golpe, pero no se oye el terrible estruendo que hace temblar la tierra. Algunos camaradas dicen que esto es debido al trabajo de sabotaje de los obreros italianos. El fuego de la artillería se concentra fundamentalmente sobre la zona de la 4ª y la 5ª Compañías.

Los fascistas, aprovechando el terreno boscoso, infiltran pequeñas patrullas en ese sector para tantear nuestras fuerzas. Ataques, contraataques se suceden en el sector de la 4ª y la 5ª. También la 1ª Compañía tiene que rechazar ataque tras ataque. En algunos lugares el territorio cambia continuamente de mano. El objetivo del enemigo está claro: abrir una brecha en el sector por la izquierda de la 2ª Compañía para rodear a todo el batallón. Los disparos de la artillería, que se detienen y vuelven enseguida y de nuevo se detienen para volver de nuevo, nos tienen nerviosos. Cada metro de tierra está sembrado de obuses.

La línea telefónica que nos comunica con la comandancia del batallón es continuamente alcanzada. Nuestros telefonistas desafían los disparos, hacen todo lo posible para restablecer las líneas y mantener la comunicación. El valiente Pietro Ramazzini, veterano de Irún, trae órdenes de la comandancia. Viejo combatiente de la column Gastone Sozzi (lo llaman «il picea/o» por su estatura), consigue mantener continuamente la comunicación entre la comandancia del batallón, el mando de la compañía y los distintos destacamentos. Las explosiones de los obuses vienen acompañadas por el fragor de las bombas de fragmentación que explotan en el aire.

Hasta ahora nuestras bajas son insignificantes. El fuego ininterrumpido de las bombas de fragmentación y de la artillería hace suponer que los fascistas quieren terminar cuanto antes, romper el frente y marchar sobre Madrid. Los fascistas están convencidos de que nuestras trincheras están en el bosque. Y están también convencidos, tras haber machacado a cañonazos el bosque, de que nos han masacrado, exterminado. Nosotros le hemos dado cuerda a esa suposición permaneciendo bien escondidos, sin disparar durante mucho tiempo.

Durante las primeras horas de la tarde, el fuego de la artillería baja de intensidad. Nuestros observadores identifican movimientos en el campo enemigo. A las 15h, los tanques fascistas avanzan por la carretera de Brihuega – Guadalajara hacia el sector defendido por la 2ª Compañía. Yo estoy en la curva de la carretera con la ametralladora. Toda la compañía está alerta. Los soldados yacen cuerpo a tierra empuñando el fusil y teniendo preparadas las bombas. Los carros de combate se acercan. El corazón me late fuerte y veloz. Por primera vez veo tan cerca esos monstruos. Son siete y no tenemos un solo cañón. El ruido de los motores, el fragor de las orugas se acerca cada vez más. El avance empieza a crear una cierta confusión entre los garibaldinos.

-Hay que resistir, ha dicho Barontini.

-Antes de pasar, dice Cerbai, tienen que sufrirnos.

Lo que nos sorprende es que detrás de los tanques no hay tropa. Mallozzi, responsable del partido, ha organizado entre tanto un escuadrón de asalto. Los blindados están a pocos metros. Ahora nuestras ametralladoras pesadas disparan sin tregua. El escuadrón de asalto salta de las trincheras al canto de Bandiera Rossa. Los hombres empuñan las granadas. Los tanques se detienen; disparan.

Los garibaldinos, a saltos y reptando, avanzan. Veo a un garibaldino sobresaltarse como fustigado por un latigazo: está herido. Protegidos por el fuego cruzado de las ametralladoras, los hombres se dirigen a los tanques. No es heroísmo individual, es heroísmo colectivo lo que anima a los garibaldinos.

Esta lucha contra los tanques que avanzan no puede detenerse por el frío o la metralla. ¡Por fin! Dos tanques saltan por los aires alcanzados por las bombas. Los otros eligen la fuga. Un blindado continúa avanzando. Storai y Mosca, Duca, Ettore, Turicelli, Pozzi y Zagami están preparados para intervenir. Del blindado sale una ráfaga tras otra. Los hombres están a punto para lanzar las granadas, pero alguien grita: «¡Dejadlo pasar; quiere rendirse!»

El blindado nos pasa por delante; nosotros nos tiramos al suelo. Se acerca al mando del batallón. Se detiene. El artillero mira a su alrededor. Algunos soldados, quietos, lo observan. De repente del blindado salen otros disparos, dos garibaldinos caen heridos. Entendemos entonces la intención del artillero: explorar nuestras posiciones, localizar las distintas líneas de defensa y hacer saltar la comandancia. Falceschini se lanza al teléfono y refiere a la 5ª Compañía, mandada por Morelli, que está a nuestra izquierda, cuanto está sucediendo. Pero es tarde. El tanque consigue huir de la captura pasando por una carretera paralela a la de la que ha partido la ofensiva enemiga. Aun así ha sido una victoria. A pesar del cansancio, la extenuación, hemos resistido: resistido al frío, a la nieve; resistido bajo el fuego cruzado de las ametralladoras, a los tanques.

Durante toda la mañana no ha cesado de llover. Por la tarde el agua se ha convertido en nieve. Por fin, por la noche, llega el rancho. Sentimos la necesidad de tomar algo caliente. Todas las miradas están fijas en el perol que humea. Mallazzi reparte los últimos cigarros requisados al enemigo.

Hoy es domingo y el mando de la compañía ha pedido voluntarios para una acción contra el Palacio de Ibarra, transformado en fortaleza, desde el que los fascistas amenazan continuamente nuestras líneas. Contesta un coro unánime: «¡Calma camaradas!» Se elige a ocho garibaldinos y el comandante comunica los nombres al batallón: «Tened presente que es un puesto fortificado, dirigido por oficiales fascistas fanáticos. Resistirán y esperarán hasta el final porque tienen armas de todo tipo. Sabéis que contra su superioridad armamentística no podemos competir. Sólo tenemos nuestra valentía. Si conseguimos ocupar el palacio le habremos quitado al enemigo una avanzadilla estratégica: evitaremos muchas bajas».

En el último momento nos comunican que la acción la van a llevar a cabo otras unidades. Veo por primera vez al camarada Longo. Un garibaldino que trae órdenes de Barontini me lo señala. Longo camina entre nosotros con su aire tranquilo. El garibaldino me dice: «Longo está siempre donde hay peligro. Ha sido él, de acuerdo con los, mandos del ejército, quien ha organizado el ataque al Palacio de Ibarra».

Querría estrecharle la mano, saludarle, pero la timidez me lo impide. Algunos pelotones de la 4ª y la 5ª lanzan el ataque apoyados por dos tanques contra las fuerzas del famoso Batallón Lupi. Son casi las once. Las unidades encuentran una dura resistencia. Los disparos crecen en intensidad. En cada ventana, en cada puerta del Palacio hay un nido de ametralladoras.

Los fascistas disparan como locos desde los muretes, los techos; arrojan cientos de granadas. Las ráfagas de ametralladora, las bombas que explotan no intimidan a los hombres que van al asalto. Los garibaldinos avanzan por el campo de batalle convertido en un infierno. Asidos a sus armas, cuerpo e tierra, en pie mientras avanzan, los hombres disparan y disparan sin tregua. Los fascistas hacen intentos desesperados por salir del cerco que cada vez se cierra más. En la confusión entran ahora los reservistas de le 4ª y la 5ª Compañías, compuestos en gran parte por combatientes españoles, dos tanques y dos compañías del Batallón franco-belga.

Los refuerzos han llegado en el momento justo y el camarada Brignoli, que manda la acción, puede comunicar que el enemigo ha sido rodeado. Los garibaldinos se encuentran cara a cara con los fascistas. Mallozzi preocupado por el resultado de la acción, viene a le posición para saber si son necesarios más refuerzos. Vuelve contento: para los fascistas no hay camino de salida; se han retirado al palacio. Los proyectiles de los fusiles-ametralladores y de las ametralladoras, los disparos de las bombas, los disparos de los tanques son inexorables. Todos estamos nerviosos observando la acción que se desarrollé ante nuestros ojos sin poder participar. El más inquieto es Falceschini que cada diez minutos llama por teléfono a Barontini:

-¿Cómo vamos? ¿Necesitas refuerzos? ¿Necesitas voluntarios?

Después, en tono de broma:

-Te había dicho que escogieras a los garibaldinos de la 2ª Compañía. Ya nos habríamos hecho con el palacio de Ibarra.

-¡Déjalo!, grita Barontini. Ten a los hombres preparados.

-Mis hombres siempre están preparados, responde Falceschini.

El camarada Brignoli que dirige la acción y el camarada teniente Nunzio Guerrini intentan convencer a los fascistas de que se rindan asegurándoles que serían tratados como hermanos, como el grupo de prisioneros del día anterior.

Mientras Guerrini vuelve a intentar que se rinda la guarnición, un fascista lanza una bomba y lo hiere de muerte. Entonces nuestros tanques entran en acción afinando cada disparo contra la fortaleza. Esta vez los fascistas tienen que rendirse. Decenas de fusiles, de metralletas, de armas automáticas de distinto tipo, centenares de bombas, pasan así a nuestras manos. Y Brignoli nos cuenta: «Los soldados, pálidos de miedo, con lágrimas en los ojos, imploraban en nombre de sus hijos y de sus familias. Yo, que tenía la «gurda» llena de anís, les he dado un sorbo a cada uno para darles ánimos.»

La ocupación del Palacio Ibarra, punto estratégico de máxima importancia, ha abierto las puertas a la contraofensiva del Ejército Republicano Español y a la derrota del Ejército de Mussolini en el frente de Guadalajara.

La propaganda en las filas enemigas aumenta de intensidad. Nuestros altavoces recitan palabras fraternales. Giuliano Pajetta se dirige a los soldados: «Aló, Aló, italianos, campesinos, soldados, oficiales escuchad la voz de la patria. Volved a vuestras casas. Vuestras mujeres y vuestros hijos os esperan. Volved a vuestras casas: no tenéis que morir. Jóvenes de 18 años, que junto a los viejos de más de cincuenta habéis sido enviados a España como animales para el matadero. Os dijeron que ibais a Abisinia y os han traído a España. Os dijeron que ibais a trabajar, os han traído a la masacre.»

Es el camarada Longo quien dirige el trabajo de propaganda general entre las líneas enemigas. Por fin los soldados italianos pueden oír la voz de la verdad. Están delante de otros compatriotas que se dirigen a ellos con palabras humanas y sinceras. Los fascistas intentan acallar las palabras del «Altavoz de Frente» delante de las líneas enemigas con disparos de artillería y de ametralladora.

Tenemos ante nosotros a trabajadores y no debemos cansarnos de enseñarles, de convencerles de la justicia de nuestra causa. Los prisioneros nos contarán después cuán grande ha sido la impresión producida por los discursos pronunciados en italiano, cómo muchos soldados comenzaron a reflexionar entonces y se convencieron de nuestras razones.

En nuestro sector, estos días, los fascistas no presionan con ataques ni bombardeos. Aprovechan para poner a punto sus armas. De repente a la izquierda de la 2ª Compañía el sonido duradero de las ametralladoras y de las bombas rompe el silencio. Los fascistas atacan. Falceschini me manda a ver qué pasa. Desobedeciendo las órdenes, pienso que puedo ir a ver a un amigo, el teniente Pompini de la Cuarta Compañía.

Para ganar tiempo y no moverme al descubierto, tomo algunas sendas que se adentran en el bosque. Conforme me adentro en el bosque los disparos aumentan. Son cañonazos enemigos que hacen saltar por los aires los árboles. No sé si seguir o volver. Alrededor el estruendo del cañón, el tabletear de la ametralladora no dan tregua. Sigo sin saber a dónde voy a llegar. De repente aparecen delante dos soldados. No sé si son amigos o enemigos. Entre ellos murmuran palabras que casi no escucho. ¡Fascistas! Me decido:

-¡Daos presos, grito. ¡Rendíos! ¡Tirad las armas!

En voz baja, y todavía desconcertados, los dos responden:

-Eres tú el prisionero.

Salto hacia atrás para protegerme en un árbol. La conversación continúa durante algunos minutos. Empiezo a tener miedo. Estoy pensando cómo hacerlo cuando desde un seto sale una ráfaga de ametralladora. La conversación se acaba. Desde el seto aparece Pompini. Nos abrazamos. Nos conocimos en Nimes. Ahora nos encontramos en el Batallón Garibaldi.

El prisionero italiano

La jornada está bastante tranquila en nuestro sector. Por el gesto de Barontini suponemos que hay algo a la vista. Oficiales populares españoles vienen a visitar el frente; exploran el terreno; hacen relevos. Por la noche el «Altavoz del Frente» sigue gritando hacia las líneas enemigas: «Os han engañado de manera vergonzosa. Venid a nuestras filas, seréis recibidos como hermanos». Decenas de soldados se han pasado ya voluntariamente a nosotros.

Miércoles 17 de marzo. Mallozzi llama a capítulo a los comandantes de destacamento y a los jefes de escuadra. Hay que verificar las armas. Se reparten más granadas. Se nota cierto movimiento: la ofensiva es inminente. Nuestra propaganda se intensifica. Tras nuestras líneas están llegando carros de combate, artillería, divisiones del Ejército Español.

La aviación republicana sobrevuela las líneas enemigas bombardeando y ametrallando a los adversarios. Es la primera vez que vemos tantos aparatos nuestros: es la ayuda fraterna del pueblo de la URSS al glorioso pueblo español. A pesar del fuego de contención de la artillería antiaérea, nuestros pilotos se acercan a baja cota para ametrallar las posiciones enemigas.

He visto al Batallón polaco aparecer de repente junto a las posiciones y ahora estoy aquí con combatientes conocidos en otros frentes. Me es particularmente grato volver a ver a un camarada minero de mi mismo pueblo. Nos conocemos desde hace años. Era un dirigente del partido en la emigración. Habitualmente tenía las reuniones en la bodega del bar que llevaban mis familiares. No lo había visto desde 1936. La suerte ha querido que nos encontráramos de nuevo: él en el Batallón Dombrowski, yo en el Garibaldi. Nos abrazamos. El discurso se centra, claro, en la guerra, pero no tenemos mucho tiempo: la contraofensiva del Ejército Republicano es inminente.

Hacia mediodía Falceschini nos dice que estemos preparados. Nuestra artillería golpea sin descanso las posiciones enemigas. Los fascistas intentan contestar pero sus cañones son reducidos al silencio. Decenas de miles de panfletos son arrojados sobre las líneas enemigas: “Ogni pallottola che voi, soldati italianani tirate contro i difensori della repubblica e del popolo spagnolo -dicen los panfletos- e tirata contro il popolo italiano, contro le vostre famiglie che soffrono…” Otro panfleto reza: “Se passate nelle nostre file sarete accolti come fratelli, avrete terminato di soffrire la fame ed il freddo, avrete finito di farvi massacrare inútilmente”.

A las dos de la tarde oímos el ruido de los carros de combate del Ejército Republicano que avanzan. Por arriba pasan nuestras escuadrillas que van a bombardear los depósitos, los almacenes y los aparcamientos de la retaguardia. Los ‘chatos’ ametrallan los campamentos de las tropas de apoyo y de reserva sin dar un respiro.

Los fascistas, que habían concentrado antes fuerzas imponentes y material en la zona, al ver los blindados empiezan a disparar con la artillería y los cañones anticarro. Nuestros tanques han abierto una gran brecha en las líneas del enemigo y avanzan en profundidad segando, con disparos precisos, los pocos nidos de resistencia. El fuego del enemigo parece convertirse en más intenso y furioso, pero nada puede parar a la infantería republicana que avanza. Los fascistas huyen abandonando armas y bagajes. El Batallón Dombrowski, que está a nuestra derecha, se lanza al ataque seguido por unidades españolas. Mientras esta terrible batalla arrecia pienso con dolor en cuántos italianos están muriendo en las trincheras enemigas, traicionados en sus sentimientos y en sus ideales por el fascismo.

Pero no tengo tiempo de pensar; ahora nos toca a nosotros. Nos lanzamos al asalto mientras la artillería sigue disparando. Los primeros prisioneros italianos llevados a nuestras líneas están asustados. Es conmovedor ver a viejos antifascistas, que del fascismo han recibido palizas, cárcel, familias destruidas, mostrarse llenos de humanidad y bondad hacia los prisioneros. Muchos de los hombres capturados creen que van a ser torturados, muertos. «No os dejéis coger prisioneros, decían sus oficiales. Os masacrarán»

Ya muchos prisioneros en los días pasados han declarado que no quieren volver a combatir contra nosotros, que han sido engañados por el Gobierno Fascista. Casi todos son campesinos y obreros que en Italia viven en la más absoluta miseria. El hambre, el paro, la perspectiva de encontrar un trabajo en tierras lejanas, una ocupación que pueda dar a los hijos un trozo de pan, les han llevado a enrolarse. Creían que iban a Abisinia donde encontrarían «tierra y trabajo para todos». Muchos cuentan su tragedia: la miseria, los cuarteles, el tan esperado viaje y después, en vez del arado, el fusil y la guerra.

Mallozzi me señala a un fascista herido en una pierna y un brazo y me dice que lo acompañe a la enfermería que está junto a la comandancia del batallón. Me acerco al herido. Está sentado tras un murete, junto a él yacen muertos dos compañeros suyos. Le miro y él baja la cabeza; cierra los ojos. Le llamo y no contesta; se acurruca. Me acerco, le toco; tiembla. Le dirijo algunas palabras; no responde. Le sacudo por los hombros. La sangre le brota por la pierna. De mi macuto saco una caja de primeros auxilios. Le arranco los pantalones y empiezo a vendarlo; intento subirle la moral. “No tengas miedo, no somos salvajes”.

Abre los ojos y me mira. Farfulla algunas palabras; veo que sufre. Al terminar la cura me da las gracias. Aún está sorprendido porque no lo he matado. Lo pongo de pie y, apoyándolo en mis hombros, lo llevo a la enfermería. En el pequeño hospital vemos a decenas de prisioneros. El herido encuentra a algunos compañeros suyos que se acercan. «¿Has visto, dice uno, cómo tenía razón? ¿Te dije que los rojos son buena gente, que no nos iban a tocar?»

Mi herido está sorprendido. Se pone a llorar y se necesita toda la paciencia de sus compañeros para hacerla parar. Ha llegado la ambulancia; sube con otro grupo de heridos. Algunos oficiales están interrogando a los prisioneros: «Nos habían dicho que íbamos a Abisinia y nos han enviado a España» o «Estábamos parados. Creíamos que resolvíamos el problema viniendo a España.»

Los prisioneros están sentados bajo los árboles. Hablan, discuten entre ellos. Incluso los más temerosos han retornado confianza. De repente uno se aleja; se para junto a un seto y se pone a cavar en la tierra para esconder un papel. Después vuelve al grupo. ¿Qué habrá escondido? Voy a mirar y encuentro el carnet del fascio. Le llamamos y le preguntamos por qué quiere esconder el carnet. El prisionero baja la cabeza. Le infundimos valor, sabemos que a la mayoría el carnet le ha sido impuesto. «No temas», dice alguien. El hombre se seca las lágrimas con la manga de la chaqueta y empieza a hablar.

«He sido siempre antifascista. En 1931 tuve dos hijos. En 1935 me quedé en paro. Iba de una oficina de empleo a otra. Cuando se enteraban de que no tenía el carnet del fascio me daban con la puerta en las narices. Todas las tardes volvía a casa desolado: la mujer maldecía, los niños lloraban de hambre. Estaba desesperado. Contra mi voluntad, para asegurarles un trozo de pan a mis hijos, me vi obligado a pedir el alta en el Partido Fascista. Pasado un tiempo encontré trabajo. En 1936 fui despedido: de nuevo hambre, miseria, desesperación. Cada tanto hacía chapuzas y ganaba apenas para dar un trozo de pan a mis hijos. No podía continuar así. En una reunión del grupo fascista se habló de la necesidad de reclutar hombres para ir a trabajar a Abisinia. El Gobierno aseguraba un sustancioso subsidio para las familias de los que aceptaran. Lo pensé mucho, ante tanta miseria y sin ninguna perspectiva, decidí enrolarme voluntario».

Miro a aquel hombre indignado por lo que lo ha convertido el fascismo. Habla con fatiga. Su voz se quiebra por el llanto.

«De repente -continúa el prisionero- nos dimos cuenta de que nos habían desembarcado en un puerto español. Muchos de nosotros protestamos pero los oficiales nos amenazaron. Por otra parte decían que en pocos días todo habría terminado, que la guerra sería un paseo. Así nos enviaron a combatir contra el pueblo español. Siempre he sido antifascista y he acabado combatiendo contra mis ideales. Me avergüenzo de mí mismo: por eso he ido a esconder el carnet del fascio. Haced de mí lo que queráis, pero sabed que nunca he sido fascista, que no pedí venir a España; antes habría preferido la muerte.»

Ya no habla; tiene los ojos enrojecidos; nos mira; espera de nosotros una palabra, un juicio, pero no encontramos las palabras con qué responder. De pronto se quita un zapato, nos enseña un panfleto: es el llamamiento lanzado por el Batallón «Garibaldi» a los soldados italianos. «Lo he leído y releído decenas de veces», nos dice; había subrayado los párrafos más importantes… «Cuántas veces, junto a mis compañeros, nos hemos comentado esta llamada, fascinados por estas palabras. En nuestro interior sentíamos vergüenza por estar en el Ejército fascista y por no tener la valentía de pasar enseguida al Ejército Republicano».

Ahora son otros prisioneros los que quieren hablar: «Los jerarcas fascistas afirmaban que tras conquista de Abisinia todos los problemas económicos se resolverían. Pero el imperio no ha solucionado nada. Siempre hemos ido a peor. El Gobierno sigue gastando millones y millones en Abisinia mientras la gente tiene hambre y los gastos de la guerra los paga el pueblo. Nos hemos dejado engañar. Creíamos que íbamos a encontrar trabajo y tranquilidad, a asegurar un trozo de pan para nuestras familias en tierra africana. En vez de trabajo nos han dado la guerra.»

Cuando pregunto: «¿Qué pensasteis cuando os trajeron a España y os encontrasteis ante las tropas garibaldinas?» Muchos prisioneros contestan que pidieron ser repatriados: «Entonces ellos pasaron a las amenazas, y los oficiales hablaban de represalias contra nuestras familias y de fusilamos a nosotros. ¿Qué podíamos hacer? Nada más llegar al frente de Guadalajara oímos vuestros llamamientos, hemos visto los panfletos lanzados por los aviones. Habitualmente cuando recogíamos los panfletos, los oficiales fascistas intervenían; nos los quitaban de la mano. Pero siempre conseguíamos esconder alguno y leerlos en las tiendas o tras los setos. Después se lo pasábamos a los otros. La inmensa mayoría de los soldados y hasta de los oficiales no quieren esta guerra.»

Otros prisioneros hablan de la propaganda de los jerarcas fascistas en Italia para reclutar voluntarios para España. El fascismo y el Vaticano fabricaban mentiras contra los republicanos españoles. «Nos decían que Italia no podía permitirse la instalación de un estado soviético en el Mediterráneo. Pero os podemos asegurar que eran pocos los que se presentaban voluntarios para ser enviados a España»-

Hablamos con otros soldados, son de Milán, de Pésaro, de Bari, de Nápoles, de Barletta, de las islas. Todos cuentan cómo en el mismo cuartel habitualmente los oficiales los reunían, y tras un pequeño discurso, los invitaban a enrolarse como voluntarios para España. «Nosotros respondíamos, dicen los prisioneros, que no éramos mercenarios. Muchos soldados han sido arrestados por ello».

Es bonito escuchar estas frases. Es bonito oír que a pesar de la tiranía fascista la mayoría del pueblo y del Ejército Italiano condena la guerra contra la República Española. Gran parte de los prisioneros, espontáneamente, piden ser enrolados en el Batallón Garibaldi, poder contribuir en la defensa de España por la libertad del pueblo italiano.

Están llegando los vehículos a los que van a subir los prisioneros. Algunos entonan Bandiera Rossa. Nosotros los saludamos con el puño en alto. Los camiones toman el camino de Madrid. Seguimos avanzando mientras la artillería enemiga dispara. Tras un murete encontramos a un soldado muerto. Junto al cadáver, dos copias del Corriere della Sera (con fecha de 14 de marzo de 1937) donde, subrayado con lápiz azul, se lee que Madrid está bajo la pesadilla de la revuelta y de las carencias y que se combate casa por casa.

Ocupamos las primeras trincheras abandonadas por los fascistas. Recogemos a tres soldados heridos que son inmediatamente evacuados. Veo a Luigi Longo, Teresa Nace, Giuliano Pajetta, Pacciardi. Estoy en primera línea, donde arrecia la batalla, entre los combatientes.

Poco más allá, dos cañones anticarro reventados, cajas de abuses apiladas en desorden. Junto a los cañones destrozados hay un gran camión cargado de armas. Por el suelo, diseminados, periódicos fascistas. En un artículo de Achille Benedetti en el Corriere del 11.3.37 se lee: “Uomini, macchine, armi micidiali, avanzan o lungo la grande arteria che conduce da Saragozza a Madrid”. En un ejemplar del Corriere del 11 de marzo leemos: “Milliti appartenenti alle Brigate Internazionali si massacrano”.

Los fascistas piensan que con estas mentiras pueden levantar la moral de sus tropas, templar el entusiasmo del pueblo italiano que conoce la gran derrota del fascismo en Guadalajara. Se engañan. Ahora continuamos el avance mientras la artillería enemiga mitiga sus disparos. Por todas partes encontramos panfletos lanzados por los aviones republicanos. Los fascistas huyen desesperadamente; no los vemos. Los carros de combate republicanos avanzan imparables.

Durante nuestro avance nos encontramos con combatientes españoles, polacos, franceses. Nos saludan con gestos afectuosos. Tenía razón José Díaz, Secretario General del Partido Comunista Español, cuando escribía: «Desde Londres, desde Nueva York, desde París, desde Moscú, desde Argentina a los países nórdicos, se levanta una voz unánime: ¡Solidaridad con los combatientes españoles! También en los países oprimidos por la reacción hay millones de corazones con nosotros, que siguen con ansiedad nuestra lucha…”

…Nuestros tanques continúan presionando al enemigo, mientras el cielo es surcado por aviones del Ejército Republicano. La artillería enemiga entra de nuevo en acción disparando sobre las posiciones que hemos conquistado. Pero la reacción no sirve: hemos vencido nosotros. El Ejército fascista, que había anunciado con bravuconería a los cuatro vientos su «Marcha inexorable sobre Madrid», huye desordenadamente. El propio general Bergonzoli, que no ha oído el silbido de una bala, se salva por casualidad de la captura.

Por fin estamos a la altura de Brihuega. El pueblo está en el fondo de una hoya. Es un lugar desolado, pero un centro de importancia estratégica, sede de la comandancia de Franco y Mussolini. Hasta la bandera del mando en amarillo y oro -los colores de los rebeldes- con un texto en lengua italiana, ha caído en nuestras manos.

Habíamos recorrido estos mismos caminos en enero, cuando nos dirigíamos al frente de Mirabueno. Ahora decenas de soldados italianos yacen muertos en las fosas a lo largo de la carretera. Junto a ellos, heridos, moribundos, restos de caballos, campos quemados. Armas de todos los calibres abandonadas, cantimploras y macutos por todas partes. Bajo una tienda está la saca con el correo llegado desde Italia.

Es de noche; el frío se deja sentir. En el cielo, diseminadas, brillan las estrellas. Un perro ladra. Destapamos una botella de coñac. Para calentamos bebemos el licor áspero y fuerte. Tomamos posiciones a la altura de Brihuega, mientras otras Brigadas Internacionales, en estrecha colaboración con las Divisiones españolas, siguen presionando a los fascistas en fuga.

Voluntarios de la 2ª Compañía del Garibaldi

Trijueque, Brihuega, Yela y Masegoso han vuelto a manos del Ejército Republicano. La disgregación de las tropas fascistas nos ha permitido ocupar un gran número de  pueblos: entre los más importantes Gárgoles de Arriba, Ruguilla, Huertos, Villaviciosa de Tajuña, Copernal, Valdearenas… y, por fin, Navalpotro.

Escribía Longo en un artículo publicado en Stato Operaio el 30 de marzo de 1939: “Guadalajara scrisse in lettere indelebili che cosa puo la volonta, la fermezza, 1 ‘unitá anche solo di un pugno di uomini, quando questi incarnano le aspirazinoni piu profonde di tutto il popolo contro le legioni, anche se superiormente armate, del fascismo, mancati pero della fede e di un ideale.”

El heroísmo de los garibaldinos permanecerá para siempre en la historia de la lucha del pueblo español y de la historia militar. Hasta el enemigo ha tenido que reconocer el valor de Luigi Longo y la capacidad del comandante del Batallón Garibaldi, Barontini.

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