XI BI Brunete 1

La XI BI en la batalla de Brunete

Ludwig Renn

Ofrecemos aquí 12 páginas de La guerra civil española,de Ludwig Renn. Este libro, extraordinario y esperado, aporta puntos de vista que faltaban en la historiografía de las BI y de nuestra guerra. Hay que tener en cuenta que aquí se conocen numerosas publicaciones en inglés relativas a la XV BI y, en menor grado, otras en francés o italiano relativas a la XII y XIV BI. Descartada la bibliografía en polaco y otras lenguas eslavas (a excepción del conocido libro del checo Artur London Se levantaron antes del amanecer) quedan las publicaciones en alemán, de las que solo se ha traducido la novela de Gustav Regler La Gran Cruzada. Ya hace tiempo avisábamos de esta laguna editorial y parece que los hados nos han oído. Recientemente la editorial Fórcola tuvo el acierto de publicar el libro de Ludwig Renn y esperamos que pronto se haga realidad la publicación del Diario de la guerra de España, de Kantorowitz.

El texto que presentamos solo abarca la primera parte de la batalla (días 7 al 17 de julio). Pensamos que es la parte del capítulo de Renn que más tiene que ver con el itinerario de la marcha de Brunete de este año 2016. Su lectura previa puede situarnos en las coordenadas espacio-temporales en las que se desarrolló la batalla y en que nos vamos a mover el día 2 de julio. Recomendamos, no obstante, acceder a la lectura completa del libro de Ludwig Renn, aunque su precio haya salido un poco alto.

Del 6 de junio al 28 de julio de 1937

El 7 de julio tuve que esperar hasta las diez a que llegara un automóvil que me llevara al frente. El campo de batalla donde tenía lugar nuestra ofensiva estaba a unos kilómetros más al noroeste del frente de Las Rozas del pasado invierno. Como la carretera que iba directa a El Escorial estaba en plena línea de frente, tuvimos que probar yendo más al norte. Allí se extendía de nuevo la meseta árida y seca, aunque a medida que avanzábamos el terreno se volvía más ondulado. En algunos lugares, se veían dehesas con grupos de árboles arracimados debajo de los que se ocultaban cazabombarderos. También se veían camiones con tanques de gasolina. Se trataba de un aeródromo que no se podía distinguir bien desde el aire.

Después, giramos al oeste. A nuestra derecha, el terreno ascendía en poderosas formaciones de roca desnuda. No habíamos avanzado mucho cuando emergió el imponente complejo de edificios de El Escorial, el palacio de Felipe II y su monasterio anejo. No me impresionó por las mismas razones sobre las que ya han escrito muchos, sino por los enormes árboles del parque, dominical y solemne. Nos dirigimos hacia la población y nos topamos con el camión del escribiente de la brigada.

– ¡Ah! -dijo riéndose- ¡Si supieras cómo te hemos echado de menos!

– ¿Dónde está la brigada?

– Ahí, un poco más hacia delante de la carretera. Es el único camino para hacer llegar las provisiones a todo el ejército atacante de Modesto. Nuestro cuerpo de ejército ha embestido justo ahí y luego se ha asegurado más a la derecha. El otro cuerpo de ejército se ha desplazado a la izquierda, pero no parece haber llegado muy lejos. Por eso, al avanzar ayer recibimos fuego de artillería desde la izquierda. Aunque sólo fueron algunos obuses aislados.

– O sea, ¿que sólo hay desplegada una barrera estrecha delante y al final está la División Líster a las puertas de Brunete?

-Sí, y nuestra brigada está como reserva detrás de Líster. Por cierto, tenemos la comida lista. ¿No quieres tomar nada antes de ir al puesto de mando? Bien pueden esperarte media hora.

Me quité la guerrera y cambié mis zapatos por unas alpargatas. Mi indumentaria quedó reducida a gorra, camisa, pantalón y sandalias. Hacía un calor abrasador y por la noche tampoco refrescaba. De esa guisa me encaminé al frente, prismáticos y mapa en mano. El aire caliente y calimoso reverberaba en los campos desiertos. Me pareció ver polvo a la izquierda, a lo lejos. A la derecha, algunos aviones volaban en círculos. Los camiones venían zumbando en dirección contraria a la mía. Parecía no gustarles mucho quedarse en aquel lugar. Así fuimos atravesando varios pueblos que les habían sido arrebatados a los fascistas en la primera arremetida.

En uno de los pueblos que había delante de nosotros vi nubes de humo. Sin duda, las provocaba el fuego de artillería. Era Brunete. A un lado de la carretera, no lejos de un cementerio, se encontraba nuestro Estado Mayor.

Me presenté ante Richard y le aclaré por qué llegaba tarde.

– Los batallones Edgar André y Thälmann están desplegados aquí desde las 11:00 con las tropas de Líster, que debe estar bastante lejos de Brunete. Justo ahora me comunican del Thälmann que las tropas de Líster se baten en retirada y que se ha vuelto a establecer el frente -dijo.

A las 16:00 llegó el general Walter, ahora nuestro comandante, con su joven jefe de Estado Mayor. Llevaba la gorra de general algo echada hacia atrás para evitar que el sudor le cayera en la guerrera. Después de haberse puesto al corriente de la situación, dijo:

– La División de El Campesino, que está a nuestra derecha, ha cercado Quijorna por tres puntos, pero hasta ahora no ha podido tomarlo. Por eso la cuña que la División Líster ha abierto en las posiciones fascistas es todavía estrecha en ese punto. Sospecho que enviarán a nuestra división a Quijorna.

Poco tiempo después de que el general Walter hubiera regresado con el resto de las brigadas de su división, aparecieron enjambres de aviones fascistas y arrojaron bombas más allá de Brunete. Otro escuadrón nos sobrevoló y lanzó su carga contra el pueblo que estaba detrás de nosotros. Todos eran pesados Junkers alemanes. Aquel día hubo catorce muertos y tres heridos en nuestros dos batallones.

Como se había hecho tarde, nos metimos bajo un techado, mitad cabaña, mitad tienda, y echamos por tierra nuestros colchones. En mitad de la noche, nos llegó la orden de enviar otro batallón para apoyar el frente de Líster. Nos decidimos por el austriaco. Ahora eran tres los batallones asimilados a las tropas de Líster y sólo teníamos al batallón Beimler bajo nuestras órdenes directas. Así, sufrimos en nuestras propias carnes el célebre procedimiento de cargarse lo que ya estaba articulado, uno de los errores mayúsculos de quienes dirigían el Ejército republicano.

El día 8 de julio comenzó de modo turbulento. Aparecieron escuadrones de aviones nazis, que se dedicaron a lanzar aquí y allá su cargamento de bombas. En Brunete hubo intenso fuego de artillería. Nuestra aviación no apareció hasta mediodía para ahuyentar a los fascistas. A las 12:30 recibimos la orden de tomar Quijorna junto con las tropas de El Campesino. Para ello, debíamos estar a las 15:00 a kilómetro y medio al sur del pueblo, y atacar a las 16:00. Las únicas tropas de las que disponíamos eran el batallón Beimler y una batería de tanques. Hacía muy poco que habíamos conseguido esa batería. Estaba dotada con tres cañones ligeros soviéticos de 4,5 cm sobre ruedas de goma. Como me habían dicho que la batería estaba formada por austriacos y alemanes, los saludé en alemán. Mientras los arengaba, mi mirada se quedó fija en unas facciones mongolas. Claro que podían pertenecer a un alemán, pensé. Aunque luego supe que eran de progenitores oriundos del oeste asiático. Una vez concluidos las salutaciones, el hombre, de corta estatura, vino sonriente hacia mí y me dijo:

-¿No me reconoces?

-Para ser sincero, no.

– He estudiado en Berlín y tú venías a menudo a vernos, a los chinos.

-¡Ah, sí! -exclamé. Si me hubiera dado cuenta de quién eras, te hubiera saludado personalmente. Ahora, por lo menos me gustaría decirte que el mando de la brigada está muy satisfecho de tener en sus filas a un representante de la China combatiente. Acrecientas los lazos de unión de las naciones amigas que luchan por la libertad de este país.

El capitán Louis me había asignado a Antonio Poveda como mi asistente en el combate. Marchamos hacia delante y al cabo de un rato llegamos a un punto en el que, sobre el terreno arenoso, a la izquierda, se alzaba un cortado de arcilla y, a la derecha, se extendía una campiña que ganaba altura hasta convertirse en un extenso promontorio. Sin duda, nos habíamos desviado demasiado hacia el sur y tuvimos que tomar el camino que discurría por encima del promontorio para alcanzar la siguiente vaguada. El jefe del batallón estaba allí reconociendo el terreno. En esto, nos dieron las cuatro, el momento en que se suponía que debíamos atacar. Tuve que desplegar el batallón en disposición abierta a lo largo del promontorio y continuar. Como no había parado de moverme en medio de la espantosa canícula, me había quitado la camisa para ir más ligero. Recibimos disparos de fusil de los fascistas, aunque estaban demasiado lejos como para alcanzarnos. Una vez en lo alto del promontorio, me encontré con un sargento del general Walter que me dijo que me iba a llevar cinco carros para el ataque.

-Bien, dije. Yo mismo los conduciré al punto de partida del ataque.

Los blindados se presentaron enseguida con los tanquistas asomados en las torretas. Mientras tanto, habían dado las 19:00. Me senté con Antonio en en primer tanque para señalarles el camino. Los fascistas debieron percatarse de nuestra presencia justo en ese preciso momento porque abrieron un intenso fuego de fusil y ametralladora contra nosotros. Sin embargo, por el tipo de nubes de polvo que se levantaban en el suelo, deduje que no habían estimado la distancia correctamente y que sólo estaban desperdiciando munición.

Pronto pudimos ocultarnos en una hondonada que se abría a nuestra derecha y el tiroteo cesó. Luego tuve que volver a marchar a pie porque la mayoría de las veces las pendientes eran demasiado inclinadas para los tanques. Siempre iba un trecho por delante para indicarles el camino. A las 20:00 llegamos a una depresión en la que ya aguardaban preparadas las tropas de El Campesino y nuestros batallones. Un comisario político español vino a saludarme y me preguntó lleno de timidez qué estaba escribiendo ahora.

– ¡Pero, amigo, ahora debo ocuparme del combate!

Me fui hasta el borde más exterior de la hondonada con la esperanza de divisar Quijorna desde allí. A cierta distancia, pude distinguir un extenso muro.

– Es el cementerio de Quijorna -me dijo el comisario político. Está ocupado por los moros. El pueblo está detrás.

Ordené al batallón Beimler que avanzara tan pronto como los tanques se hubieran acercado lo suficiente al cementerio. Las cinco piezas pesadas se situaron en el extremo de la hondonada y comenzaron a disparar a discreción. Eran las 20:15. Desde otro lado, nos llegaba un violento fuego de artillería. Algunos de los españoles que me rodeaban se incorporaron con intención de avanzar, pero tuvieron que volver a echarse cuerpo a tierra. Únicamente algunos hombres del batallón Beimler corrían hacia delante a la derecha. Los carros dispararon algunos proyectiles y describieron un semicírculo hacia la izquierda. Yo quería que lanzaran una segunda andanada, pero me dijeron que estaba oscureciendo y que debían retroceder. Me fui a donde se encontraba el jefe de batallón de las tropas de El Campesino y le dije:

– ¡Tienes que atacar! Nuestra infantería está ahí delante sin moverse.

– El ataque ha fracasado -me contestó.

– No, eso no es cierto. Cuando podemos tomar Quijorna es justo ahora, que está anocheciendo y los fascistas no pueden apuntar bien.

Durante ese intervalo, nos llegaron disparos sueltos desde el otro lado. Iba a anochecer de un momento a otro. Ya era demasiado tarde. Llegó un mensajero desde la derecha.

– El batallón Beimler ha alcanzado el flanco derecho del cementerio, pero no ha podido tomarlo. Nuestro ayudante Gustav Kern ha sido de los primeros en atacar y ha caído. Nosotros también hemos tenido bajas.

– El batallón se retirará al punto de partida y se quedará allí provisionalmente.

Tuve que volver a donde se encontraba el jefe de la brigada, un largo camino. Antonio también se había quitado la camisa y venía a mi lado muy silencioso. Probablemente, para él tanta correría había sido muy dura. Llevábamos sin parar desde por la mañana. Yo estaba agobiado por el ataque fallido y las bajas que habíamos tenido. Llegué a la tienda que hacía las veces de refugio del Estado Mayor. Se filtraba la luz tenue de una vela a través de la lona. Ya tenían noticia de la muerte de Kern. La atmósfera en el interior de la tienda estaba tan cargada que volví a salir y me senté sobre una piedra. Alguien se me acercó. Era el teniente Niessen, de nuestra policía.

– ¿Ya has comido? -me preguntó.

– No, no he tenido tiempo de acordarme. Hemos atacado en vano.

Al cabo de un rato, llegó un policía español con un plato de comida. Sólo llevaba puesto un pantalón y sandalias de rafia. Al mirar su cuerpo desnudo, me acordé de mi camisa y me pregunté dónde me la habría dejado. Después de comer me puse a buscarla. No se veía nada en la oscuridad, pero sólo podía estar en determinados lugares. Como no la encontraba, me tranquilicé a mí .mismo pensando que de noche tampoco la iba a necesitar. No corría ni gota ‘de aire. Saqué el colchón fuera de la tienda y me tendí a dormir bajo el cielo estrellado. En aquella época del año no había rocío y yo tenía querencia por dormir al aire libre, lo hacía incluso durante la Guerra Mundial. En las trincheras todos y cada uno de los ruidos te ponían muy nervioso porque no se sabía de dónde venían. Al aire libre se sabía inmediatamente si llegaba alguien y uno podía volver a dormirse de inmediato.

El 9 de julio retiraron al batallón austriaco del grueso de las tropas de Líster para enviarlo junto con el batallón Beimler al frente al sur de Quijorna. Nuestros aviones debían preparar el terreno antes de reemprender el asalto al pueblo. Cuando me encaminaba hacia el punto de partida, escuché llegar a nuestros bombarderos. Las bombas caían con un estrépito atroz. Ambos batallones tomaron el cementerio a las 10:00. El mensajero que vino a informarnos dijo horrorizado:

– ¡Menudo camposanto! ¡Todos son marroquíes! ¡Han cavado trincheras para esconderse y ahora yacen sobre los cadáveres antiguos! ¡Apesta!

Desde el cementerio, los batallones marcharon hacia Quijorna por una pronunciada cuesta abajo que había sido arrasada por nuestra aviación. No se movía nada en las inmediaciones. Al marchar más hacia el oeste, las tropas de El Campesino se encontraron con que los promontorios que tenían enfrente estaban limpios de fascistas, de modo, que pudieron apoderarse sin luchar de una posición muy ventajosa que ensanchaba considerablemente la cuña que habíamos abierto en las posiciones fascistas. A resultas de ello, Modesto decidió continuar avanzando.

Nada más oscurecer llegó la orden de la división de que al día siguiente la 108. a Brigada debía atacar en dirección sur y nosotros debíamos permanecer como reserva. Aun así, no contábamos con ninguno de nuestros batallones. Dos se encontraban con Líster y los otros, con El Campesino. Tenían que movilizarse a las dos de la madrugada.

El 10 de julio regresaron desde Quijorna el batallón Beimler y la mitad del batallón austriaco. La otra mitad se quedaría con El Campesino y con Líster hasta que fuera reemplazada. La 108 Brigada todavía no estaba lista para el ataque. Yo había dejado el puesto de mando del Estado Mayor para ir a inspeccionar el terreno donde atacaría la 108 Brigada. Me fui hasta el lugar donde se elevaba el cortado de margas contra el cielo azul. Busqué un sendero para subir. Arriba, me encontré con un terreno llano donde se había emplazado la 108 Brigada en una sola línea prieta. Era la misma disposición estúpida que solían usar al principio de la guerra, sin tropas de reserva y sin un despliegue reconocible.

Aquellas tropas tan mal dirigidas y distribuidas huirían en desbanda en cuanto se acercaran los tanques enemigos. Por eso decidí desplazar nuestra batería antitanque y subirla hasta ande estábamos. Nos resultó francamente difícil; todos los hombres tuvieron que agarrar los cañones y tirar fuerte de ellos para moverlos uno a uno pendiente arriba por aquel sendero tan empinado. Se nos fue un tiempo considerable hasta que todas las piezas y su munición estuvieron arriba. Después indiqué a los Jefes de la batería por dónde era previsible que aparecieran los tanques enemigos y cómo debían actuar ante el eventual ataque. Mientras lo hacía, me enteré de que, aunque los servidores de los cañones sabían disparar, no tenían la menor noción de cómo se utilizaba ese tipo de batería. Primero tuve que explicarles que era necesario estimar las distancias y enseñarles cómo se hacía. El desconocimiento era de tal magnitud que tampoco tenían idea de donde se encontraban las líneas fascistas, pese a que eran claramente visibles en los relieves. Quizá por eso, en un primer momento, habían querido situar sus cañones en el punto más alto pegado a la infantería, como se hacía en el siglo pasado.

Hasta mediodía no estuve de vuelta en el Estado Mayor. Entré a ver a Richard con intención de ir a ver a la 108 Brigada, que debía atacar a las 14:00, y lo encontré disgustado. Salí sin haber logrado averiguar la razón. El capitán Louis estaba fuera con cara de contrariedad y también parecía disgustado.

– ¿Qué pasa con vosotros? -le pregunté. Ahí delante queremos atacar y aquí a nadie le importa nada y se dedican a aguarnos la fiesta.

– ¿Sabes algo de la conversación con el teniente Bravo? -me dijo volviéndose de pronto hacia mí.

– No.

– ¡Apartémonos un momento! No tienen por qué oírnos.

Nuestro comisario político español ha hablado con Richard esta mañana. Ya sabes cómo son las cosas. No se entienden y se han puesto a gritar de tal forma que todo el mundo se estaba enterando de todo. El comisario político le ha ido con el chisme al comandante de la 108 Brigada. Debe ser uno de esos socialistas murmuradores, a lo mejor uno del grupo de intrigantes y parásitos largo-caballeristas. Tenemos que vigilar que ese perro no desorganice el ataque de la división. Por eso Richard ha hecho llamar al teniente Bravo, para decirle que haga de enlace con la 108 Brigada y se encargue de vigilar al comandante de la brigada y lo mate a tiros si nos sabotea. Justo cuando le estaba diciendo eso, llegó un oficial español que traía un mensaje del comandante de la 108 Brigada. Cuando volvió a salir de la tienda de Richard, tenía una expresión tan gélida que al principio pensé que a lo mejor Richard había mostrado su desprecio por los españoles, lo que lamentablemente se le da mejor que otras cosas más útiles. Pero el oficial español me ha mirado y me ha dicho: «El jefe de vuestra brigada quiere vigilar al nuestro. ¡Lo he escuchado con estos oídos justo antes de entrar! ¡Y por supuesto, se lo voy a comunicar ahora mismo a nuestro teniente coronel! Puedes contárselo a quien quieras». No se lo he contado a nadie. A ti te lo digo, Ludwig. No quiero echar más leña al fuego.

– ¿Y Bravo? -le pregunté. ¿A pesar de todo lo han mandado a la 108 Brigada?

– Sí -dijo Louis alzando las cejas.

– ¿No va a resultar peligroso para él? ¡Tenemos que traerlo de vuelta!

– Eso habría que haberlo hecho antes. Pero Bravo lo conseguirá, estoy convencido. Se ha llevado a su amigo con él.

Me quedé intranquilo, pero tenía que apurarme para estar en el frente a las 14:00, sobre todo si quería que nuestro batallón austriaco atacara junto con la 108 Brigada. Durante el trayecto por el cauce del río, le di vueltas a la reacción de Richard. Era una de esas personas con gran cantidad de conocimientos teóricos, muchos más que yo, pero que carecía de sabiduría práctica. ¿Por qué no venía con nosotros justo cuando uno de sus batallones iba a atacar? Tenía un modo de hacer las cosas que me resultaba incomprensible. Más tarde o más temprano, iba a haber un conflicto entre nosotros.

Nuestra artillería atronaba desde atrás preparando el ataque. Cuando llegué al promontorio, los oficiales de la 108 estaban corriendo de un lado a otro y todavía no habían hecho los preparativos para el ataque. Ni el comandante de la brigada ni el jefe del Estado Mayor estaban allí. Cuando a las 14:00 el fuego de artillería cesó, el ataque no se llevó a cabo. En esos casos resulta casi mejor no haber disparado primero. No acababa de quedarme claro por qué la brigada no estaba lista. Habían tenido tiempo de sobra para prepararse.

Mientras tanto, dispuse mis cañones antitanque apuntando a los montículos de las líneas enemigas donde sospechaba que habían ubicado las ametralladoras. Finalmente, el comandante dio a las 15:30 la orden de atacar a la 108 Brigada sin que el comandante de nuestra brigada se hubiera personado. Di las órdenes al batallón austriaco y después me fui directamente a ver cómo se desarrollaba el ataque tras las líneas de la 108 Brigada.

Algunos hombres se pusieron en pie con intención de avanzar, pero cuando los fascistas comenzaron a disparar volvieron a echarse junto a los que ni siquiera se habían levantado. Sin embargo, a la izquierda, los austriacos sí avanzaban. Recorrieron un trecho y enseguida llegaron a un plegamiento, donde se detuvieron para quedar ocultos a la vista de los fascistas. Si podían seguir avanzando de esa manera, cubrirían cientos de metros sin sufrir ninguna baja. Pero, cuando ya estaban muy cerca de las posiciones fascistas, ambos flancos quedaron expuestos y comenzaron a recibir un fuego muy intenso. Aquello me angustió. Hablé con algunos oficiales intentando hacerles entender lo que estaba pasando, pero me escuchaban sin hacer nada.

En mi excitación, me quedé de pie en mitad de la línea de fuego y de pronto noté cómo venía un disparo dirigido hacia la loma donde estábamos y algo ocurría con mis pantalones. Me palpé la pernera derecha y me di cuenta de que había dos agujeros. Entonces, me bajé los pantalones y vi que también había un agujero de entrada y otro de salida en mis calzoncillos, aunque mi pierna estaba intacta. Los españoles que había a mi alrededor empezaron a mondarse de risa.

Entretanto, los austriacos habían logrado avanzar mucho y de nuevo comenzaron a recibir fuego intenso, lo que los obligó a retroceder otro poco para volver a ponerse a cubierto, cosa que me tranquilizó. Miré a mi alrededor, a los soldados de la 108 Brigada. «Quizá la tropa no sea mala, pero no tienen oficiales ni comisarios políticos con sentido de la responsabilidad. Pronto se comprobará que aquí todavía prevalece el espíritu de Largo Caballero y que el jefe de la brigada está imbuido de él», pensé.

A las 20:00 aparecieron a nuestra espalda cinco tanques; querían que les informara de dónde debían atacar. Les señalé las posiciones fascistas y les expliqué que debían dar un rodeo por la izquierda para evitar quedarse frente a los repechos. Los españoles les abrieron un estrecho paso. Hasta ese momento, los tanques del otro lado no habían asomado y ahora se abrían paso por la brecha situada a la izquierda de las líneas fascistas. Apenas los vieron, los austriacos se irguieron y continuaron avanzando. ¡Extraordinario!, pensé. Tienen un jefe muy capaz que entiende lo que es atacar con tanques.

De repente, uno se detuvo y comenzó a echar humo. El siguiente giró para no tragarse al de delante y luego se dio la vuelta. Empezaron a salir llamas del blindado humeante. Los tanquistas saltaron fuera y corrieron hasta el lugar donde se hallaban los austriacos a cubierto. El resto de tanques, excepto el que estaba ardiendo, también regresó. Dos habían sido alcanzados. Seguro que los fascistas también tenían cañones antitanque. Varios tanquistas estaban heridos. Atardecía. Envié a decir que los austriacos debían volver tan pronto como oscureciera y no fuera posible verlos.

Cuando ya había anochecido, vino a verme un individuo corpulento. Por su estatura, deduje que era un internacional. Era el jefe de los austriacos que habían atacado en solitario. Trató de aclararme en un alemán un poco recio por qué no habían podido avanzar más. Lo interrumpí.

– ¡Todo lo que has hecho estaba bien hecho, ha sido incluso ejemplar! ¡Díselo a tus hombres! No puede haber una tropa mejor. ¿Habéis tenido bajas?

– Nada importante.

– ¡Ahora id a descansar! ¡Comed! ¡Y si vuelve a darse el caso, sabemos que podemos confiar en vosotros!, le dije estrechándole la mano.

Por la noche me sobrevino un fuerte dolor en el muslo izquierdo y enseguida asomó un enorme forúnculo. El médico me prohibió ir sin parar de aquí para allá como era mi costumbre. No le di mucha importancia porque habían cesado las actividades hostiles en ambos bandos y ahora teníamos que ocupar un frente bastante estrecho entre la División de El Campesino y la 108 Brigada.